martes, 21 de junio de 2011

Sermones de tiempo: Santísima Trinidad, 136

        El fundamento de esta doctrina celestial consiste en que creamos y confesemos con fe religiosa que Dios, que es uno en sustancia y en la naturaleza simplicísima de su divinidad, es trino en personas. De ambos misterios, de la unidad y la trinidad, si nos asiste la gracia divina, nos disponemos a hablar hoy con toda la reverencia y sumisión de espíritu. Hablaremos primero brevemente de la unidad, luego nos detendremos algo más en el misterio altísimo de la Trinidad suma.

        Esta unidad de la sustancia divina la insinúa el Señor al principio de la lectura evangélica: a los que se había de bañar en las aguas saludables, manda bautizarlos no en los nombres, sino en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Juan Evangelista lo precisa aún más cuando dice : Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y los tres son una sola cosa. 

        Y esta unidad, que por doquier atestiguan las sagradas letras, se demuestra además con razones evidentísimas. Porque si hubiera muchos dioses, por fuerza serían distintos entre sí, y habría algo en uno que no existiera en otro. Preguntaríamos entonces si aquello que los diferencia sería perfección o imperfección. Si imperfección, el que fuera imperfecto de este modo no sería Dios, porque Dios ha de ser perfecto en todo. Mas si fuera una perfección, el que no la tuviera tampoco sería Dios por idéntica razón, porque ninguna perfección puede echarse en falta en Dios sumo y sumamente perfecto.

        Lo mismo se desprende de la unión admirable y el consenso de las criaturas para conservar el estado del mundo, pues consta que éste está formado, en parte, de elementos contrarios y, en parte, por cosas muy diferentes. ¿Hay nada menos semejante que los cuerpos celestes y los terrenales? Mas ¿qué pueden generar de su natural propio los contrarios sino desigualdad y lucha? Por eso, los contrarios en modo alguno pueden ser traídos a un mismo orden y fin, si otro no los dirige.

        Lo podemos ver, por ejemplo, en los músicos: si los cantores osaran lanzar sus voces cada uno a su antojo, sin ningún orden, no habría concierto, sino un clamor confuso y molestísimo de voces diversas que golpearía en los oídos. Pero si a esta variedad de voces las modera y acompasa con arte y con pericia un buen director, nace la armonía suavísima y el concierto gratísimo de las diferentes voces.

        Así ocurre en esta variedad tan grande de cosas, a la que mezcló de tal modo aquel sapientísmo moderador del universo, que de tan múltiple y casi infinita variedad de elementos diferentes y contrapuestos surge no la lucha, sino el consenso adecuado para conservar y dar estabilidad al orden del mundo.

        Los cuerpos celestes, los astros errantes, y sobre todo el sol, que guía y gobierna a los demás astros, completan sus ciclos y con su influjo fecundan los cuerpos inferiores, de modo que todos los años surge como un nuevo mundo y hay como una nueva propagación y gestación de seres con vida,. De esta forma, la muerte de los seres que desaparecen por su ley natural se compensa con la vida de otros que nacen, y así las especies de las cosas se libran de su extinción.

        Como los que han nacido, respiran y viven precisan de alimento para conservar la vida, la propia naturaleza, que alumbra cada año retoños nuevos, produce también cada año cosechas para alimentarlos, y en ello colaboran con admirable concierto y orden el cielo y el aire, la tierra y el mar, el sol y las nubes, la lluvia y los vientos, el calor, el frío y las cuatro estaciones del año..

        Este orden y concierto de los distintos elementos, tan bueno para la estabilidad del mundo, hizo que en tiempos los filósofos llamaran músico al dios que gobierna el mundo, porque junta como en armonía única cosas diferentes. Y esta unidad y concierto de los distintos elementos prueba con claridad la unidad simple de la divinidad.

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, Sermones de la Sma. Trinidad, t. XXXV, F. U. E., Madrid 2002 p. 139-41

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, Transcripcion y traducción

Sermones de tiempo: Corpus Christi I

Podemos filosofar de este modo: si tiene nuestro Dios una bondad infinita, aún más, si es él la bondad misma, y lo más propio de la verdadera bondad es hacer semejantes a ella todos los otros bienes (como es propio del fuego transformar todo en fuego y hacerlo como él) ¿Qué otra cosa convenía más, decidme, a la bondad infinita, que instituir este sacramento, que tanta fuerza tiene para hacer a los hombres buenos, es decir, partícipes de la bondad y santidad divina?.

Si creemos que es obra digna de la majestad divina haber hecho el cielo, la tierra y los mares, con cuyo beneficio se alimentan y conservan los cuerpos de los hombres ¿cuánto más digno fue de su inmensa bondad haber instituido este sacramento, por el que las almas de aquellos se santifican y se nutren en la vida espiritual? Si predicas que no es indigno de Dios crear la comida para todos los seres vivos ¿cómo lo va a ser proporcionar a nuestras almas esta comida espiritual? Si decimos que a su inmensa majestad concierne sobre todo la obra de la creación, porque declara su infinita sabiduría y poder ¿cómo no vamos a creer que le corresponde aún más la obra de la santificación, que proclama abiertamente su inmensa bondad?.

Argüirá. quizás, algún infiel diciendo que los hombres piadosos se afanan tanto por el amor y el deseo de Dios, porque se dejan seducir por la idea falsa de que Dios les tuvo un amor tan grande, que quiso hacerse para ellos alimento de su vida espiritual. Y ¿quién, al ver en su Dios semejante bondad y amor no intenta amarlo con toda su alma y todas sus fuerzas? Y si tienen este convencimiento ¿cómo no se van a deshacer en amor a su Dios?

Pensad vosotros, hermanos, y meditad qué respuesta debo dar a esta objeción. Desde luego ningún infiel podrá negar que para mover los ánimos es más poderosa la verdad de las cosas que una falsa persuasión de ellas. Pues si tú piensas que en este amor y bondad de nuestro Dios hay tanta fuerza para impulsar las almas a su amor, que incluso una opinión y una idea falsa enciende el corazón de los hombres en amor a él y les lleva a cualquier empresa, ¿cuánto más lo hará la verdad misma y el amor probado y manifiesto? Si tanto valoran los hombres una opinión falsa ¿qué poder tendrá para ellos la propia verdad? ¿Hay nada más digno de aquella bondad inmensa que haber hecho algo, cuya mera aprensión, como piensa para sí el infiel, tiene tal poder para despertar el amor de Dios y para llevar al ejercicio de todas las virtudes?.

Esta razón, hermanos, os diré abiertamente lo que siento, tiene en mi opinión tanta fuerza para concebir la fe en este sacramento, que no espero poderlo explicar con palabras. Tampoco yo, creo más digno de Dios, la creación del mundo que haber instituido este sacramento, porque pienso que si aquel fue creado por su sabiduría y poder, este manó de su inmensa bondad.

Si observas esta obra de la bondad divina en sí misma, parece increíble: pero cesará tu extrañeza si miras a su autor. Deje, pues, el hombre, como dice Crisóstomo, de admirar la obra y atienda al artífice, de cuya infinita bondad nació una obra tan grande.


FRAY LUIS DE GRANADA: Obras Completas, Sermones del Corpus, t. XXXV F. U. E. Madrid 2002, p. 281-3

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA , Transcripcion y traducción 

lunes, 20 de junio de 2011

Fray Luis de Granada, traducido por Ricardo Alarcón Buendía

Yo he tenido la oportunidad y la suerte de conocer de cerca la obra de Fray Luis que él escribe en tres lenguas: Latín, Castellano y Portugués. Este año de 2009 la Fundación Universitaria Española acabó de editarla, y en Mayo se presentó la primera edición completa, incluida la traducción de su parte latina, en la Biblioteca Nacional. Hubo allí gente de muchos países: Italia, Japón, Puerto Rico, Alemania; de varias universidades españolas: Granada, Madrid, Murcia; ni podía faltar el editor y autor de la anotación crítica, padre dominico Álvaro Huerga Teruelo, investigador, miembro de la Real Academia de Puerto Rico, profesor allí y en Roma; estábamos también Aurora, que ha organizado este curso sobre Fray Luis, y yo mismo, porque la obra ha sido editada en 51 tomos, et quorum, de ellos, (como dice Virgilio en Eneida II, 6) pars magna fui, fui parte grande al haber traducido siete de estos volúmenes, las Contiones de Tempore y de Sanctis escritas en Latín, lo mismo que su Rethorica Ecclesiastica; unos sermones en que se recoge y se da a conocer toda la doctrina de la Iglesia, y la Teología cristiana. Quería él que todos los sacerdotes, dominicos o diocesanos, portugueses y españoles, tuvieran a mano, puesta en sermones toda la doctrina y teología de la Iglesia. Su objetivo era encomiable, y la ayuda que aquellos recibieron debió SER muy grande.

Con mi traducción creo que he facilitado a nuestros sacerdotes de hoy, que ya no dominan el Latín como aquellos del s. XVI, lo que Fray Luis dejó escrito. A muchos, pienso yo, les debe ser difícil explicar en sus homilías los misterios de la Trinidad, el Corpus Christi, la Ascensión, la Navidad,.. De modo que ahí tienen una forma de explicar la doctrina de la Iglesia sobre temas tan profundos y difíciles de entender para los no iniciados como nosotros. Esta ha sido mi aportación.

He dicho también que tuve la suerte de conocer la obra de Fray Luis; porque para un latinista es una suerte y una gozada leer y traducir su forma de escribir en Latín, su dominio de esta lengua, la perfecta estructura y organización de sus sermones, piezas de la más pura oratoria ciceroniana o quintilianea, dos autores Cicerón y Quintiliano, cuyas obras sobre oratoria conoce bien y trata de imitar, dándoles, eso sí, contenido, proyección y sentido cristiano.

Y he aprendido, además, lo que considero más importante para nosotros, profesores, que Fray Luis es un COMUNICADOR, ese que llega a sus oyentes y les interesa en lo que les dice. ¡Ay si algunos le pudiéramos imitar!¡Cómo cumple nuestro fraile la máxima aquella oratoria de Catón el Viejo!:

rem tene, verba sequentur.
ten claro lo que has de decir, y las palabras acudirán solas

El de Granada tenía claro, conocía bien lo que iba a contar, era un sabio con esa doble sabiduría que él mismo atribuye a Sto. Tomás: había estudiado a fondo a los clásicos (habla como ellos y se deja influir por ellos), es un humanista adelantado a su tiempo, tiene esa humanitas que tan bien definieron los hombres del periodo clásico griego y latino; conoce, además, los textos y comentarios al Antiguo y Nuevo Testamento, a los Santos Padres, lo que habían definido los papas y los concilios...No hace afirmación alguna que no contraste o la apoye en ellos. Es por tanto un sabio en el sentido que nosotros damos a la palabra, un científico que da razón de sus afirmaciones.

Lo es  también en otro sentido: sabio (del latín sapiens,  sapere) es el que conoce algo porque lo ha saboreado. El fraile habla de Dios con el conocimiento de quien lo ha saboreado, de quien lo siente cerca y dentro de sí, y todo lo ve con ojos del que está endiosado, poseído por su enamoramiento de Dios. Sus obras rezuman a Dios. Por tanto, cumple muy bien la primera parte de la máxima catoniana: rem tene: domina el tema, conoce bien lo que has de decir.

Dice luego Catón: verba sequentur: las palabras  te vendrán solas. A él no le faltan las palabras, más con ello, añado yo, no sería suficiente. Porque hay muchos sabios que conocen bien el tema de que hablan, que no le faltan las palabras, que no se cortan cuando exponen un tema y sin embargo aburren a sus oyentes, no logran interesarlos, comunicarles lo que saben.

Si cualquiera de los sermones que hay en este tomo XXXV, sobre la Trinidad y Corpus Christi, los misterios más profundos en que se apoya toda la doctrina católica, lo predicara un erudito investigador en la materia, pero sin ese arte del buen orador para llegar a los oyentes, seguro que los aburriría y no les haría entender ni les comunicaría lo que tan bien conoce él como erudito. Y es que para ser un buen comunicador, a la máxima de Catón hay que añadir el empleo de un vehículo apropiado.

Yo os invito a que leáis cómo explica Fray Luis el contenido de tales misterios, tan profundos y difíciles de entender; y es que su lengua, el empleo tan cuidado que hace de ella, te interesa en lo que quiere comunicarte. No soy yo ahora hombre de fe, pero os aseguro que no he visto nunca mejor ni más clara explicación de unos misterios tan oscuros y difíciles. Fray Luis emplea el vehículo apropiado, con una lengua precisa, mesurada, acomodada al tema de que se habla, acorde con  la sensibilidad de quien la escucha, en la que no falta ese ritmo y musicalidad que halaga y da calma al oído y a la vez despierta el interés del espíritu.

Os confieso que traduciendo el Latín de Fray Luis he tenido esas sensaciones y con mi traducción he pretendido (si ha sido o no con fortuna otros lo tendréis que decir) traer a nuestra lengua Castellana, hija del latín, un reflejo siquiera de la lengua madre: su precisión y musicalidad, su orden latino (que no es el hipérbaton que malinterpretan algunos) y su claridad.

Bien sabéis que toda traducción tiene mucho de traición; yo he intentado que sea la mínima y os pido que, aunque no sea yo un hombre de fe, la tengáis vosotros en mí cuando os cuento lo que digo de este autor y sus cualidades: gran humanista, conocedor de los clásicos y creador a partir de ellos de nuestro querido Castellano y demás lenguas nacionales.

Fray Luis fue un gran admirador y seguidor en parte de otro gran humanista, ERASMO DE ROTTERDAM. Para cerrar sus sermones de Trinidad y Corpus Christi lo hace con unos versos de este sabio, humanista neerlandés en lengua latina, 1469-1536 (Elogio de la locura, Coloquios familiares, Institución del príncipe cristiano: intento de definir un humanismo cristiano).

Bien está que para honrarlo también nosotros oigamos unos fragmentos de estas estrofas asclepiadeas: ¡Que los libros de un hombre capaz de escribir estos versos, fueran prohibidos por la Santa Inquisición!

                    Cuando sólo yo poseo los bienes que la tierra fértil
                            o el Olimpo inmenso contienen,
                    Decid, mortales, qué locura os ha llevado
                            a buscar en otro sitio los bienes
                    Sin querer sacarlos de la propia fuente
                            tan saludable y al alcance; 
                    Y a que andéis en alocado y mísero tropel falsas
                            sombras de bienes persiguiendo?
                   Pocos son los que a mí, creador verdadero y dador
                            de la felicidad me buscan.
                   Seduce a muchos la belleza, y nada hay más bello que yo;
                            pero a nadie inflama esta hermosura.
                  Admiran muchos el linaje, la gloria y la nobleza; 
                            pero ¿hay nada más glorioso que yo,
                  Que, engendrado de Dios, soy Dios también, 
                           nacido de una madre purísima?

                                            
                   
                U.N.E.D. (Fot. Manuel Roca)

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, en Fray Luis de Granada. Un escritor contemporáneo, Ediciones del Orto, Madrid 2009, p. 29





sábado, 30 de abril de 2011

Juan Pablo II y San Juan de la Cruz

     El profesor Álvaro Huerga tradujo la Tesis Doctoral La fe según San Juan de la Cruz de Karol Wojtyla, elegido por la Iglesia Papa Juan Pablo II, para la versión española publicada por la BAC en 1979. A las dificultades de la traducción, se añaden lo complejo del pensamiento sanjuanista, y la ilusión del doctorando por explicar los secretos de su misticismo. Pensamos que el profesor Huerga ha salido airoso de la prueba, a pesar de los vericuetos del texto que se encontró entre las manos. Las ideas fundamentales de la tesis de Wojtyla serían las siguientes:

     Por la fe se produce la unión con Dios, pero esa unión se da sin la posesión del objeto, lo cual produce una privación en el entendimiento que desea conocer su objeto, el cual se queda a oscuras, de ahí que para él es de noche. San Juan de la Cruz escribe:

     Se llama noche este tránsito que hace el alma a la unión con Dios

     Es noche, porque parte de la negación de los sentidos; es noche porque el medio de unión es la fe oscura al entendimiento; es noche, porque Dios en esta vida, es meta que no se puede alcanzar.

     Dios se comunica al alma en la fe, aunque escondido en la noche profundísima llamada medianoche. De esta forma el entendimiento alcanza a Dios y se une con Él, por medio de la fe. La purificación del entendimiento se realiza produciendo en él vacío y tinieblas, expulsando  la forma natural, y capacitándole así para recibir la forma sobrenatural. Decimos que el entendimiento entonces:

     Es el candelero donde se asienta esa candela de la fe

     La fe posee una semejanza esencial con la Divinidad que permite conseguir la unión del entendimiento humano con Dios. La luz sobrenatural se inserta en la luz natural del entendimiento, produciéndose la unión por semejanza. Esta unión con la Divinidad no se produce en ninguna otra criatura por carecer su entendimiento de semejanza con la divinidad, sin embargo la fe que posee este tipo de semejanza permite que el hombre se informe y asimile la esencia divina.

   Debajo de esta tiniebla se junta con Dios el entendimiento y debajo de ella está Dios escondido

     De otra forma el alma alcanza por amor la unión de su voluntad con Dios, por la privación del afecto a las criaturas. El amor consigue la semejanza en un impulso psicológico que permite al alma transformarse en Dios, tras la purificación de la voluntad, que es noche también para el alma.

     Juan Pablo II que aprendió español para estudiar a San Juan de la Cruz en su propia lengua, conservó ese amor por los escritores espirituales españoles y por nuestra lengua, durante toda su vida. Un acercamiento a esta tesis suya permitiría al gran público el acceso al concepto de la fe como medio para la unión con Dios, más allá de su magnífica poesía y del misterio de sus noches.

   Así que la semejanza es causa de amor, veamos lo que dice FRAY LUIS otro escritor espiritual contemporáneo de San Juan, acerca de cómo Dios ha resuelto esta situación de alejamiento con el hombre:

     Veis pues ahora cuán grandes impedimentos hay de parte del hombre para amar a Dios. Porque siendo la semejanza causa de amor y de la unión de los corazones, ¿qué semejanza hay entre Dios y el hombre, donde vemos tanta diferencia de parte a parte? Pues ¿qué remedio para que haya semejanza donde hay tantas diferencias? Esta fue la invención admirable de la divina sabiduría, la cual de un golpe cortó a cercén todos estos impedimentos del amor, haciéndose hombre. Porque veis aquí a Dios, que era purísimo espíritu, vestido de carne: veislo abajado, veislo pobre, humilde, mortal y pasible, y sujeto a las mudanzas y cansancios de la vida humana, y sobre todo esto visible, para que el hombre que no podía amar sino lo que veía, vestido ya Dios de esta ropa, no tenga excusa para dejar de amarle. Y porque es también grande impedimento del amor la desigualdad de las personas, por donde se dice que no concuerdan bien ni moran en una casa majestad y amor, veis aquí también quitada la desigualdad, cuando de esta manera se abajó la Majestad y se acomodó a nuestra poquedad.

          

Juan Pablo II

Ante el Consejo Pontificio para la Cultura, en 1985, Juan Pablo II comentaba que la preocupación por evangelizar las culturas no es nueva en la Iglesia, que siempre se ha afanado por hacer presente el Evangelio en el corazón de las mismas.

En Puebla se destacó la función crítica de la fe con respecto a las culturas, porque denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorcisa los desvalores, así la fe espera que progrese la cultura humana para ser mejor formulada. La inculturación de la fe cristiana en las distintas situaciones geográficas e históricas es una exigencia del Sínodo de Obispos de 1977 en Roma, y un requisito de su encarnación en el mundo.

Desde el comienzo de su historia la Iglesia procuró expresar el mensaje cristiano en los conceptos y lenguas de los diversos pueblos, y lo ilustró con el saber filosófico, con el propósito de adaptarlo al nivel del pueblo y al de los filósofos.

Este procedimiento fue subrayado por el Concilio Vaticano II afirmando que múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura. Dios, por medio de la revelación, desde las edades más remotas hasta su plena manifestación en el Hijo encarnado, ha hablado a su pueblo según los tipos de cultura propios de cada época. Los escritores participan en este diálogo entre la fe y la cultura, respetando las distintas épocas históricas y los avances de su tiempo. Esto es lo que hace Fray Luis, representante del Humanismo con su expresión artística denominada Renacimiento, quien en el siglo XVI, asombrará al mundo por la profundidad y belleza de su obra literaria, y por el mensaje que comunicaba: un diálogo cultural que evangelizó todo el mundo conocido.

Juan Pablo II recuerda que inculturación expresa perfectamente el misterio de la Encarnación. En la encíclica Slavorum apostoli cita a los santos Cirilo y Metodio, que evangelizaron los países eslavos:

En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo, un modelo de lo que hoy lleva el nombre de 'inculturación' –encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas– y, a la vez, la introducción de éstas en la vida de la Iglesia.

El Cardenal Ratzinger ha recordado que las culturas, son sistemas que van evolucionando a lo largo de la historia. En muchas regiones de América Latina la cuestión de la inculturación es una verdadera prioridad pastoral.

viernes, 29 de abril de 2011

Fray Luis de Granada y la mística

Siempre se ha considerado a fray Luis como un ejemplo claro de la ascética cristiana, de quien no consta que alcanzara los grados de la mística de unión, contemplación e iluminación. Se le ha querido comparar con Santa Teresa y San Juan de la Cruz, escritores conocidos por sus experiencias místicas.

Maria Victoria Briasco, sin embargo, encuentra coincidencias entre los escritos del dominico y los de los santos carmelitas, en los Tratados menores, reunidos en el tomo XV de las Obras Completas:

¡Oh amor que siempre ardes y nunca mueres, ¿cuándo te amaré perfectamente? ¿Cuándo te abrazaré con los brazos de mi ánima desnudos? ¿Cuándo menospreciaré a mí y a todo el mundo por tu amor? ¿Cuándo mi ánima con toda su virtud y fuerzas se unirá contigo? ¿Cuándo se verá sumida y anegada en el abismo de tu amor?.

Las riquezas de la soledad las descubre en Escalaceli, vuelto hacia sí mismo, abierto a Dios, viviendo como en un paraíso, este será su querer para toda la vida, como recoge Álvaro Huerga en su Biografía.

El contentamiento que tengo es tan grande que en esta vida no se puede tener mayor, y algunas veces tengo escrúpulo de ver cómo me da Dios el paraíso en esta vida.

A pesar de ello, no se deben abandonar los deberes del propio estado aunque en el trajín de los negocios se nos pegue algo de los quehaceres humanos.

Bien entendía nuestro Señor todas estas flaquezas nuestras, y con todo eso quiere que entendamos siempre en hacer buenas obras, y no se maraville que traiga las plantas mojadas el que anda sobre el agua, y las manos un poco negras el que trata con la pez; quiero decir, que se le pegue un poco de humanidad al que trata con los hombres por el bien de los mismos hombres.

Por otro lado, Urbano Alonso del Campo, lo ve extasiado ante la Naturaleza, enamorado de su hermosura, contemplándola con ternura de niño y veneración de anciano. Su alma asciende de la creación a Dios, y retorna desde el Creador a la naturaleza, espejo de la belleza que se derrama sobre los hombres. La Introducción del Símbolo recoge el canto enamorado de su alma, que vibra ante la luz del alba, la flor de los campos, el canto de los pájaros, el murmullo de las fuentes, o el nacimiento de un niño, que es Dios al mismo tiempo.

¿Qué serán luego todas las criaturas de este mundo, tan hermosas y acabadas, sino como unas letras quebradas e iluminadas que declaran el primor y la sabiduría de su autor? ¿Qué serán todas estas criaturas sino predicadoras de su hacedor, testigos de su nobleza, espejos de su hermosura, anunciadoras de su gloria, despertadoras de nuestra pereza, estímulos de nuestro amor, y condenadoras de nuestra ingratitud?

En todos sus escritos aparecen el hombre contemplativo que es, el predicador, el humanista, el conocedor de las profundidades del espíritu, el teólogo y el místico. Reconociendo que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, que depende de Él, y conociéndose a sí mismo, lo adora, alaba y suplica en éxtasis reverente. Este es fray Luis, maestro de todos los espirituales españoles, que dialoga con su Creador diciendo:

Reconoce pues, ¡oh alma mía! todas estas obligaciones, y pues sabes cierto lo que fuiste y lo que eres y lo que esperas todo esto es de este Señor, y que por tantas partes estás aliada y endeudada con Él, ama a quien tanto bien te ha hecho y te hace y adelante te ha de hacer.

martes, 26 de abril de 2011

La Resurrección, Poema de Lactancio I

A Fray Luis le place recordar este día tan gozoso con los bellísimos versos de Lactancio Firmiano, destinados a recrear a las almas:

SALVE, oh día de fiesta, digno de veneración por toda la eternidad,
en el que Dios vence al infierno, y domina los astros.
Las horas brillan adornadas con flores alegres,
y el firmamento aparece más luminoso.
El curso del cielo conduce más alto al sol, arrojador de fuego,
que sale errante del Océano, y en las aguas acaba.
Recorriendo radiante los mares,
en esta breve noche despliega el día en el mundo.
La región del éter ofrece un aspecto límpido y sereno,
y las brillantes estrellas muestran su alegría.
La tierra feraz produce sus dones con diversos cultivos.
Cuando el año goza de buena primavera, recoge cosecha abundante.
Las delicadas violetas visten de púrpura el campo,
los prados se cubren de verdor, la vegetación luce exuberante.
Poco a poco brota la policromía resplandeciente de las flores.
Todas las praderas ríen ya floridas.
Una copiosa mies brota de la simiente escondida en la arada,
que promete poder saciar el hambre del labrador.
La palmera destila su alegría de la corteza del tronco solitario,
la vid produce agua ahora, de donde dará vino.
La yema túrgida que sale de una suave pelusilla de la corteza
del tronco del árbol, prepara el seno para dar su fruto.
El bosque, que durante el invierno ha rehusado la cabellera
de las hojas, renueva ya la frondosidad de sus copas.
La abeja, fabricadora del panal de miel, a partir de ahora, 
alejándose de la colmena y zumbando sobre las flores,
arrebata la miel con sus artejos.
Las aves vuelven al canto de nuevo, pues mostrándose a éste
más reacias, permanecieron mudas en el frío invierno.
A partir de ahora, el ruiseñor adapta los registros musicales
a sus flautas pastoriles, y se hace más dulce que el aura
con el eco de su melodía.
He aquí que la gracia del mundo que renace atestigua
que todos los dones han vuelto con su Señor;
pues a Cristo triunfante de los tristes infiernos,
en todas partes le aplauden: el bosque con sus hojas,
las praderas con sus flores.
Venciendo las leyes del infierno, la luz, el cielo, los campos
y el mar alaben debidamente a Dios.
He aquí que el Dios que había sido crucificado reina en todo,
y todas las criaturas suplican al Creador.
La movilidad del año y de los meses, la luz pura de los días, 
el esplendor de las horas y todo lo ruidoso aplaude.
De ahí que la selva te aplaude con su follaje,
y también el campo con sus espigas.
De ahí que en el ramaje resuena ahora para ti el gorjeo de las aves,
y en medio de ellas canta el gorrión con excesivo amor.
¡Oh Cristo, salud de los seres! ¡Oh buen Creador y Redentor!,
Hijo único del Padre divino, que procedes del corazón del padre
de manera inefable, Verbo subsistente y poderoso en boca del Padre.
Igual, concorde, socio, coeterno con el Padre.
Por este Príncipe tuvo comienzo el mundo.
Tú suspendes el aire, juntas los campos, llenas de agua los mares, 
y los vivientes terrestres mantienen su vigor bajo tu Providencia.
Tú viendo que el género humano estaba sumergido en el abismo,
para salvar al hombre, te hiciste hombre también.
Y no sólo quisiste nacer de nuestro cuerpo,
sino de una carne que sufrió nacer y morir...
Suelta las sombras, encadenadas de la cárcel del infierno, 
y lleva hacia arriba cuanto cae en el abismo.
Devuelve tu rostro, para que los siglos vean la luz:
Haz volver el día, que de nosotros huye cuando mueres Tú.
Pero regresando llenaste, ciertamente el cielo, oh piadoso vencedor...



Con este poema se inicia el Tercer tomo de los Sermones de Tiempo que contiene los que se predican desde el Domingo de Resurrección hasta la festividad del Sacratísimo Corpus Christi. Dedica el libro al Cardenal Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán, a quien describe afectuosamente como un alma desarraigada de las cosas terrenas, que se entrega por entero al amor de Dios, viviendo, militando y obedeciendo sólo a Él. A pesar de la lejanía no ha dejado de admirarle, reza siempre por él y piensa que dedicarle este libro es el mejor testimonio de la veneración que le tiene.

                                                                *****
POEMA EN LATÍN

SALVE, festa dies toto venerabili aevo, 
qua Deus infernum vicit, et astra tenet.
Tempora florigero rutilant distincta sereno, 
et maiori poli lumine porta patet.
Altius igni uomum solem coeli orbita ducit,
que vagus Oceanas exit, et intrat aquas
Armatus radii, elementa liuentia lustrans,
hac in nocte brevi tendit in orbe diem.
Splendida sincero producunt aethera vultu, 
laetitiamque suamsidera clara probant.
Terra ferax vario fundit munuscula cultu, 
cum bene vernarit, reddit et annus opes.
Mollia purpureum pingunt violaria campum,
prata virent herbis et micat herba comis.
Paulatim subeunt stellantia lumina florum,
floribus arrident gramina cuncta suis.
Semina deposito late seges exilit arvis,
spondeus agricolae vincere posse famem.
Caudice deserto lachrymat sua gaudia palmes:
unde merum tribuat dat modo vitis aquam.
Cortice de matris tenera lanugine surgens,
praeparat ad partum turgida gemma sinum.
Subque hyemis tempus foliorum crine refuso,
iam reparat viridans frondea texta nemus.
Constructura favos apis hinc alvearia linquens, 
floribus instrepitans poplite mella rapit.
Ad cantus revocatur avis, quae carmine clauso 
pigrior, hyberno frigore muta fuit.
Hinc philomela suis atemperat organa cannis,
fitque repercusso dulcior aura melo.
Ecce renascentis testatur gratia mundi,
omnia cum domino dona redisse suo.
Namque triumphanti post tristia tartara Christo, 
undique fronde nemus, gramina flore favent.
Legibus inferni oppressis, super astra meantem
laudent rite Deum lux, polus, arva, fretum.
Qui cricifixus erat, Deus ecce per omnia regnat.
Dantque creatori cuncta creata precem.
Mobilitas anni, mensum, lux alma dierum,
horarum splendor, stridula cuncta favent.
Hinc tibi sylva comis, plaudir quoque campus aristis:
hinc grates tacito palmite vitis agit.
Hinc tibi nunc avium resonant virgulta susutto,
has inter nimio passer amore canit.
Christe, salus rerum, bone Conditor atque Redemptor, 
unica progenies ex deitate patris:
irrecitabiliter manans de corde parentis,
Verbum subsistens et Patris ore potens.
Aequalis, concors, socius, cum Patre coaevux.
Quo sumpsit, mundus principe principium.
Aethera suspendis, sola congeris, aequora fundis,
quaequae locis habitant, quae moderata vigent.
Qui genus humanum cernens mersum esse profundo,
ut hominem eriperes, es quoque factus homo.
Nec nostro tantum voluisti e corpore nasci,
sed caro quae nasci pertulit atque mori,
funeris exequias patris novus autor et orbis, 
intra mortis iter dando salutis opem...
Solve catenatas inferni carceris umbras,
et revoca sursum quicquid ad ima ruit
Redde tuam faciem, videat ut secula lumen;
Redde diem, qui nos te moriente fugit.
Sed plane implesti remeans pie victor Olympum...


Fray Luis de Granada, Obras Completas t. XXXII, F U E, Madrid 2001 p. 18-23

Traducción de Donato González-Reviriego