sábado, 17 de diciembre de 2011

Sermones de tiempo: Adviento II

Preso en la cárcel, envía Juan a dos de sus discipulos a preguntar al Señor: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? En este punto solemos cuestionar esto: ¿cómo pregunta Juan si Cristo es el Mesías prometido en la ley, si él mismo cuando bautizaba y predicaba lo había proclamado como tal? ¿Cómo no iba a saber de quién había sido él elegido por Dios como testigo y precursor?.

Hay quienes dicen que Juan quiso saber por boca y palabra del mismo Cristo lo que antes había aprendido por manifestación del Espíritu Santo. Las cosas muy importantes y las que deseamos ardientemente nos gusta oírlas, no una ni dos, sino miles de veces. Así por ejemplo, el padre que a su único y queridísimo hijo lo cree muerto en la guerra, si oye de algún testigo fiable que está vivo y lo cree, se alegra y desea oír a otros muchos mensajeros que le confirmen lo mismo. Si no había otra cosa mayor ni más deseable que la venida del Salvador, su creencia en él y su conocimiento ¿qué tiene de extraño que Juan quisiera oír de nuevo, de boca de la verdad misma, una noticia tan venturosa y feliz, que ya sabía de antes por oráculo divino? Si el solo recuerdo de este beneficio tan grande llena de gozo inefable el corazón de los justos ¿qué sentimientos despertaría tan ilustre testimonio viniendo de quien es la verdad misma?.

Los testimonios de Cristo y del Espíritu Santo afectaron por igual el alma de Juan; pues si aquel esposo celestial, cautivo de amor por su esposa, desea oír su voz cuando dice: Hazme oír tu voz, que tu voz es dulce ¿cómo el amigo del esposo, Juan no desearía y se alegraría de oír la voz y el testimonio de aquel a quien amaba con ardiente amor desde el vientre mismo de su madre? Ansioso por oír esta voz, de  hecho la más sublime y grata de todas, envía a sus discípulos para preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir , o esperamos a otro?.

Esta es la respuesta a aquella pregunta, respuesta que, a mi juicio, nada tiene de absurdo pues es común a la mayoría de los Padres: que Juan había querido ponerse en el papel de sus discípulos, ciegos y vacilantes, y formular la pregunta en nombre de ellos, no en el suyo, como dije en la anterior homilía.

Por lo demás, viendo el Señor la intención de aquellos discípulos, quiso con un tacto admirable y divino sanar su fe débil, pero de forma que ni les hizo ver su herida y además les ofreció el remedio mejor y más eficaz para ella. Después de curar en su presencia varias enfermedades corporales, para remediar su falta de fe, les dijo: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, etc. Les expone las señales del verdadero Mesías, las que en otro tiempo profetizó Isaías que se darían cuando aquel viniera: Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará gozosa. Con estas palabras el divino poeta, inspirado por el espíritu divino, anuncia las señales por las que se podrá reconocer al verdadero Mesías.

Son signos de la verdad y a la vez beneficios grandes para el género humano. Lo cual se hizo, por designio divino, para nuestra salvación; toda la sagrada escritura tiende ante todo a llevar a nuestros corazones la fe y la caridad, y ambas se logran gracias a estas señales: como señales, despiertan la fe; como beneficios avivan la caridad, el amor hacia nuestro generoso y espléndido benefactor. Por beneficios entiendo yo no sólo el remedio de los males corporales, que antes o después, querámoslo o no desaparecerán convertidos en polvo, sino mucho más de las enfermedades del alma; para sanar estas enfermedades principalmente vino Cristo. Sabemos que las almas padecen las mismas y aún otras muchas más enfermedades que los cuerpos, y éstas sólo las puede remediar aquel gran médico que viene del cielo.

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, Sermones de Adviento, t. XXIV, F. U. E. Madrid 1999, p. 355-357

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, Traducción y transcripción 

jueves, 1 de diciembre de 2011

Sermones de tiempo: Adviento I

Debo hablar ahora un poco del significado de este tiempo que la Iglesia comienza hoy a celebrar; debo decir algo que nos prepare a celebrarlo con la dignidad que requiere; que no pueda decirse contra nosotros lo del profeta: La cigüeña en el cielo conoce su situación; la tórtola, la golondrina y la grulla guardan los tiempos de sus migraciones, pero mi pueblo no conoce el derecho de Yavé. Es absurdo, cuando todas las aves se adaptan a los tiempos y en razón de ellos cambian de lugar, que nosotros no queramos o no sepamos atenernos a los tiempos litúrgicos que la Iglesia establece para bien de nuestras almas.

Lo mismo que los cuerpos de los seres vivos, también las almas necesitan de su mudanza y variedad; para avanzar tienen necesidad de distintas virtudes y de sentimientos variados de piedad, virtudes y sentimientos cuyo mantenimiento y sustento precisa también momentos distintos. La Iglesia que, como madre piadosa, está siempre atenta a nuestras necesidades, se da cuenta de ello y dedica momentos diferentes del año no sólo para evitar con esa misma variedad el tedio por las cosas espirituales, que nos podría haber perjudicado mucho, sino además para proporcionarnos materia de virtudes variadas y piadosos afectos. De esta forma todo el tiempo que media entre Septuagésima y el domingo de Pasión. Desde Pascua a Pentecostés lo dedica al gozo y alegría espiritual. En cada uno de tales momentos recuerda los misterios que aportan a estas virtudes y afectos enormes impulsos.

Y en este tiempo de Adviento del Señor, preguntaréis quizás ¿qué nos quiere recordar especialmente la Iglesia? ¿Qué nos pide con más insistencia? Nos pide, entre otras cosas, que seamos agradecidos con Dios Salvador, nos pide amor, piedad, y el obsequio de un espíritu devoto.

En efecto, la Iglesia celebra en este tiempo la venida de Dios al mundo: Por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, el sol naciente ha venido a visitarnos de lo alto. Como toda salvación le viene al hombre de Dios y el hombre miserable no quería ir a Dios, se dignó Dios misericordioso venir al hombre.

Si me preguntas a qué vino, oye esto: Vino a buscar y salvar lo que estaba perdido, como él dice, vino para iluminar a los que estaban en tinieblas y habitaban en la región de mortales sombras, vino a dar libertad a los cautivos, a guiar a los errantes, a traer a su patria a los desterrados, resucitar a los muertos, a reconciliar con Dios Padre a quienes le eran contrarios y enemigos, dándoles el espíritu de adopción y haciéndolos herederos de su reino. Vino a redimir a los cautivos, a dar vida a los muertos, medicina a los enfermos y camino a los errantes. Dios se hizo hombre, dice Gregorio, para ir tras el hombre que le huía, pues ciego y loco, se había alejado del Bien sumo, sin que la voz insistente de los profetas le hiciera volver de su camino torcido. Dios tomó carne y se acercó al que huía para ganarlo por sí mismo.

Lo insinúa también  el Apóstol al decir que Cristo Señor no tomó la naturaleza de los ángeles sino que tomó la sangre de Abraham. La palabra tomar significa seguir al adversario, retenerlo cuando huye y sujetarlo si intenta escapar. De esta forma tomó el Salvador la sangre de Abraham.

Oye, si quieres, cómo lo dice él por boca de Isaías: El espíritu del Señor está sobre mí, pues Yavé me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad de los cautivos y la liberación de los presos. Para publicar el año de reconciliación con el Señor... Para consolar a todos los tristes y dar a los afligidos de Sión, en vez de ceniza, una corona, el óleo del gozo en vez del luto, alabanza en vez de espíritu abatido.

¿Hay algo más dulce, más suave o más amoroso que estas palabras? Si Cristo fue enviado por el Padre para traernos estos beneficios tan grandes, bendita sea su venida a este mundo, bendito sea el que nos lo envió y bendito sea él mismo que vino. Este beneficio lo pregonan hoy los niños cantando a una voz: ¡Hosanna en el cielo! Bendito el que viene en nombre del Señor!. Cantemos el himno en todo tiempo, no sólo en este día, en que celebra la Iglesia este misterio.

Celebra además la Iglesia y nos muestra el clamor, las súplicas y los deseos de los padres del Viejo Testamento, que tan ardientemente esperaban la venida de Cristo, que dice a sus discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos reyes y profetas quisieron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo  oyeron; porque todos ellos recibieron sólo la promesa de este beneficio tan grande y no su posesión.

En esto, creo yo, aquellos Padres fueron como navegantes lanzados por la tempestad en la noche, que ven brillar a lo lejos una luz en algún lugar elevado, esa luz que indica el puerto a los marineros; a ella dirigen la mirada, a ella mientras pueden dirigen el rumbo, y a ella, finalmente, cuando no pueden otra cosa, se agarran con los ojos y con el alma. De esta misma forma dirigían su mirada a Cristo, a la luz verdadera, luz que había de borrar con su esplendor las tinieblas y la densa niebla del mundo; aquellos santos padres a ella tendían suplicantes las manos; a ella aspiraban con todo su corazón y hacían toda clase de votos para acelerar su venida clamando con el profeta: Anticípense a favor nuestro cuanto antes tus misericordias, pues nos hallamos reducidos a una extrema miseria.

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, Sermones de Adviento t. XXIV, F. U. E. Madrid 1999, p. 93-94

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, Transcripcion y traducción 

martes, 21 de junio de 2011

Sermones de tiempo: Santísima Trinidad, 136

        El fundamento de esta doctrina celestial consiste en que creamos y confesemos con fe religiosa que Dios, que es uno en sustancia y en la naturaleza simplicísima de su divinidad, es trino en personas. De ambos misterios, de la unidad y la trinidad, si nos asiste la gracia divina, nos disponemos a hablar hoy con toda la reverencia y sumisión de espíritu. Hablaremos primero brevemente de la unidad, luego nos detendremos algo más en el misterio altísimo de la Trinidad suma.

        Esta unidad de la sustancia divina la insinúa el Señor al principio de la lectura evangélica: a los que se había de bañar en las aguas saludables, manda bautizarlos no en los nombres, sino en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Juan Evangelista lo precisa aún más cuando dice : Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y los tres son una sola cosa

        Y esta unidad, que por doquier atestiguan las sagradas letras, se demuestra además con razones evidentísimas. Porque si hubiera muchos dioses, por fuerza serían distintos entre sí, y habría algo en uno que no existiera en otro. Preguntaríamos entonces si aquello que los diferencia sería perfección o imperfección. Si imperfección, el que fuera imperfecto de este modo no sería Dios, porque Dios ha de ser perfecto en todo. Mas si fuera una perfección, el que no la tuviera tampoco sería Dios por idéntica razón, porque ninguna perfección puede echarse en falta en Dios sumo y sumamente perfecto.

        Lo mismo se desprende de la unión admirable y el consenso de las criaturas para conservar el estado del mundo, pues consta que éste está formado, en parte, de elementos contrarios y, en parte, por cosas muy diferentes. ¿Hay nada menos semejante que los cuerpos celestes y los terrenales? Mas ¿qué pueden generar de su natural propio los contrarios sino desigualdad y lucha? Por eso, los contrarios en modo alguno pueden ser traídos a un mismo orden y fin, si otro no los dirige.

        Lo podemos ver, por ejemplo, en los músicos: si los cantores osaran lanzar sus voces cada uno a su antojo, sin ningún orden, no habría concierto, sino un clamor confuso y molestísimo de voces diversas que golpearía en los oídos. Pero si a esta variedad de voces las modera y acompasa con arte y con pericia un buen director, nace la armonía suavísima y el concierto gratísimo de las diferentes voces.

        Así ocurre en esta variedad tan grande de cosas, a la que mezcló de tal modo aquel sapientísmo moderador del universo, que de tan múltiple y casi infinita variedad de elementos diferentes y contrapuestos surge no la lucha, sino el consenso adecuado para conservar y dar estabilidad al orden del mundo.

        Los cuerpos celestes, los astros errantes, y sobre todo el sol, que guía y gobierna a los demás astros, completan sus ciclos y con su influjo fecundan los cuerpos inferiores, de modo que todos los años surge como un nuevo mundo y hay como una nueva propagación y gestación de seres con vida,. De esta forma, la muerte de los seres que desaparecen por su ley natural se compensa con la vida de otros que nacen, y así las especies de las cosas se libran de su extinción.

        Como los que han nacido, respiran y viven precisan de alimento para conservar la vida, la propia naturaleza, que alumbra cada año retoños nuevos, produce también cada año cosechas para alimentarlos, y en ello colaboran con admirable concierto y orden el cielo y el aire, la tierra y el mar, el sol y las nubes, la lluvia y los vientos, el calor, el frío y las cuatro estaciones del año..

        Este orden y concierto de los distintos elementos, tan bueno para la estabilidad del mundo, hizo que en tiempos los filósofos llamaran músico al dios que gobierna el mundo, porque junta como en armonía única cosas diferentes. Y esta unidad y concierto de los distintos elementos prueba con claridad la unidad simple de la divinidad.

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, Sermones de la Sma. Trinidad, t. XXXV, F. U. E., Madrid 2002 p. 139-41

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, Transcripcion y traducción

Sermones de tiempo: Corpus Christi I

Podemos filosofar de este modo: si tiene nuestro Dios una bondad infinita, aún más, si es él la bondad misma, y lo más propio de la verdadera bondad es hacer semejantes a ella todos los otros bienes (como es propio del fuego transformar todo en fuego y hacerlo como él) ¿Qué otra cosa convenía más, decidme, a la bondad infinita, que instituir este sacramento, que tanta fuerza tiene para hacer a los hombres buenos, es decir, partícipes de la bondad y santidad divina?.

Si creemos que es obra digna de la majestad divina haber hecho el cielo, la tierra y los mares, con cuyo beneficio se alimentan y conservan los cuerpos de los hombres ¿cuánto más digno fue de su inmensa bondad haber instituido este sacramento, por el que las almas de aquellos se santifican y se nutren en la vida espiritual? Si predicas que no es indigno de Dios crear la comida para todos los seres vivos ¿cómo lo va a ser proporcionar a nuestras almas esta comida espiritual? Si decimos que a su inmensa majestad concierne sobre todo la obra de la creación, porque declara su infinita sabiduría y poder ¿cómo no vamos a creer que le corresponde aún más la obra de la santificación, que proclama abiertamente su inmensa bondad?.

Argüirá. quizás, algún infiel diciendo que los hombres piadosos se afanan tanto por el amor y el deseo de Dios, porque se dejan seducir por la idea falsa de que Dios les tuvo un amor tan grande, que quiso hacerse para ellos alimento de su vida espiritual. Y ¿quién, al ver en su Dios semejante bondad y amor no intenta amarlo con toda su alma y todas sus fuerzas? Y si tienen este convencimiento ¿cómo no se van a deshacer en amor a su Dios?

Pensad vosotros, hermanos, y meditad qué respuesta debo dar a esta objeción. Desde luego ningún infiel podrá negar que para mover los ánimos es más poderosa la verdad de las cosas que una falsa persuasión de ellas. Pues si tú piensas que en este amor y bondad de nuestro Dios hay tanta fuerza para impulsar las almas a su amor, que incluso una opinión y una idea falsa enciende el corazón de los hombres en amor a él y les lleva a cualquier empresa, ¿cuánto más lo hará la verdad misma y el amor probado y manifiesto? Si tanto valoran los hombres una opinión falsa ¿qué poder tendrá para ellos la propia verdad? ¿Hay nada más digno de aquella bondad inmensa que haber hecho algo, cuya mera aprensión, como piensa para sí el infiel, tiene tal poder para despertar el amor de Dios y para llevar al ejercicio de todas las virtudes?.

Esta razón, hermanos, os diré abiertamente lo que siento, tiene en mi opinión tanta fuerza para concebir la fe en este sacramento, que no espero poderlo explicar con palabras. Tampoco yo, creo más digno de Dios, la creación del mundo que haber instituido este sacramento, porque pienso que si aquel fue creado por su sabiduría y poder, este manó de su inmensa bondad.

Si observas esta obra de la bondad divina en sí misma, parece increíble: pero cesará tu extrañeza si miras a su autor. Deje, pues, el hombre, como dice Crisóstomo, de admirar la obra y atienda al artífice, de cuya infinita bondad nació una obra tan grande.


FRAY LUIS DE GRANADA: Obras Completas, Sermones del Corpus, t. XXXV F. U. E. Madrid 2002, p. 281-3

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA , Transcripcion y traducción 

lunes, 20 de junio de 2011

Fray Luis de Granada, traducido por Ricardo Alarcón Buendía

Yo he tenido la oportunidad y la suerte de conocer de cerca la obra de Fray Luis que él escribe en tres lenguas: Latín, Castellano y Portugués. Este año de 2009 la Fundación Universitaria Española acabó de editarla, y en Mayo se presentó la primera edición completa, incluida la traducción de su parte latina, en la Biblioteca Nacional. Hubo allí gente de muchos países: Italia, Japón, Puerto Rico, Alemania; de varias universidades españolas: Granada, Madrid, Murcia; ni podía faltar el editor y autor de la anotación crítica, padre dominico Álvaro Huerga Teruelo, investigador, miembro de la Real Academia de Puerto Rico, profesor allí y en Roma; estábamos también Aurora, que ha organizado este curso sobre Fray Luis, y yo mismo, porque la obra ha sido editada en 51 tomos, et quorum, de ellos, (como dice Virgilio en Eneida II, 6) pars magna fui, fui parte grande al haber traducido siete de estos volúmenes, las Contiones de Tempore y de Sanctis escritas en Latín, lo mismo que su Rethorica Ecclesiastica; unos sermones en que se recoge y se da a conocer toda la doctrina de la Iglesia, y la Teología cristiana. Quería él que todos los sacerdotes, dominicos o diocesanos, portugueses y españoles, tuvieran a mano, puesta en sermones toda la doctrina y teología de la Iglesia. Su objetivo era encomiable, y la ayuda que aquellos recibieron debió SER muy grande.

Con mi traducción creo que he facilitado a nuestros sacerdotes de hoy, que ya no dominan el Latín como aquellos del s. XVI, lo que Fray Luis dejó escrito. A muchos, pienso yo, les debe ser difícil explicar en sus homilías los misterios de la Trinidad, el Corpus Christi, la Ascensión, la Navidad,.. De modo que ahí tienen una forma de explicar la doctrina de la Iglesia sobre temas tan profundos y difíciles de entender para los no iniciados como nosotros. Esta ha sido mi aportación.

He dicho también que tuve la suerte de conocer la obra de Fray Luis; porque para un latinista es una suerte y una gozada leer y traducir su forma de escribir en Latín, su dominio de esta lengua, la perfecta estructura y organización de sus sermones, piezas de la más pura oratoria ciceroniana o quintilianea, dos autores Cicerón y Quintiliano, cuyas obras sobre oratoria conoce bien y trata de imitar, dándoles, eso sí, contenido, proyección y sentido cristiano.

Y he aprendido, además, lo que considero más importante para nosotros, profesores, que Fray Luis es un COMUNICADOR, ese que llega a sus oyentes y les interesa en lo que les dice. ¡Ay si algunos le pudiéramos imitar!¡Cómo cumple nuestro fraile la máxima aquella oratoria de Catón el Viejo!:

rem tene, verba sequentur.
ten claro lo que has de decir, y las palabras acudirán solas

El de Granada tenía claro, conocía bien lo que iba a contar, era un sabio con esa doble sabiduría que él mismo atribuye a Sto. Tomás: había estudiado a fondo a los clásicos (habla como ellos y se deja influir por ellos), es un humanista adelantado a su tiempo, tiene esa humanitas que tan bien definieron los hombres del periodo clásico griego y latino; conoce, además, los textos y comentarios al Antiguo y Nuevo Testamento, a los Santos Padres, lo que habían definido los papas y los concilios...No hace afirmación alguna que no contraste o la apoye en ellos. Es por tanto un sabio en el sentido que nosotros damos a la palabra, un científico que da razón de sus afirmaciones.

Lo es  también en otro sentido: sabio (del latín sapiens sapere) es el que conoce algo porque lo ha saboreado. El fraile habla de Dios con el conocimiento de quien lo ha saboreado, de quien lo siente cerca y dentro de sí, y todo lo ve con ojos del que está endiosado, poseído por su enamoramiento de Dios. Sus obras rezuman a Dios. Por tanto, cumple muy bien la primera parte de la máxima catoniana: rem tene: domina el tema, conoce bien lo que has de decir.

Dice luego Catón: verba sequentur: las palabras  te vendrán solas. A él no le faltan las palabras, más con ello, añado yo, no sería suficiente. Porque hay muchos sabios que conocen bien el tema de que hablan, que no le faltan las palabras, que no se cortan cuando exponen un tema y sin embargo aburren a sus oyentes, no logran interesarlos, comunicarles lo que saben.

Si cualquiera de los sermones que hay en este tomo XXXV, sobre la Trinidad y Corpus Christi, los misterios más profundos en que se apoya toda la doctrina católica, lo predicara un erudito investigador en la materia, pero sin ese arte del buen orador para llegar a los oyentes, seguro que los aburriría y no les haría entender ni les comunicaría lo que tan bien conoce él como erudito. Y es que para ser un buen comunicador, a la máxima de Catón hay que añadir el empleo de un vehículo apropiado.

Yo os invito a que leáis cómo explica Fray Luis el contenido de tales misterios, tan profundos y difíciles de entender; y es que su lengua, el empleo tan cuidado que hace de ella, te interesa en lo que quiere comunicarte. No soy yo ahora hombre de fe, pero os aseguro que no he visto nunca mejor ni más clara explicación de unos misterios tan oscuros y difíciles. Fray Luis emplea el vehículo apropiado, con una lengua precisa, mesurada, acomodada al tema de que se habla, acorde con  la sensibilidad de quien la escucha, en la que no falta ese ritmo y musicalidad que halaga y da calma al oído y a la vez despierta el interés del espíritu.

Os confieso que traduciendo el Latín de Fray Luis he tenido esas sensaciones y con mi traducción he pretendido (si ha sido o no con fortuna otros lo tendréis que decir) traer a nuestra lengua Castellana, hija del latín, un reflejo siquiera de la lengua madre: su precisión y musicalidad, su orden latino (que no es el hipérbaton que malinterpretan algunos) y su claridad.

Bien sabéis que toda traducción tiene mucho de traición; yo he intentado que sea la mínima y os pido que, aunque no sea yo un hombre de fe, la tengáis vosotros en mí cuando os cuento lo que digo de este autor y sus cualidades: gran humanista, conocedor de los clásicos y creador a partir de ellos de nuestro querido Castellano y demás lenguas nacionales.

Fray Luis fue un gran admirador y seguidor en parte de otro gran humanista, ERASMO DE ROTTERDAM. Para cerrar sus sermones de Trinidad y Corpus Christi lo hace con unos versos de este sabio, humanista neerlandés en lengua latina, 1469-1536 (Elogio de la locura, Coloquios familiares, Institución del príncipe cristiano: intento de definir un humanismo cristiano).

Bien está que para honrarlo también nosotros oigamos unos fragmentos de estas estrofas asclepiadeas: ¡Que los libros de un hombre capaz de escribir estos versos, fueran prohibidos por la Santa Inquisición!

                    Cuando sólo yo poseo los bienes que la tierra fértil
                            o el Olimpo inmenso contienen,
                    Decid, mortales, qué locura os ha llevado
                            a buscar en otro sitio los bienes
                    Sin querer sacarlos de la propia fuente
                            tan saludable y al alcance; 
                    Y a que andéis en alocado y mísero tropel falsas
                            sombras de bienes persiguiendo?
                   Pocos son los que a mí, creador verdadero y dador
                            de la felicidad me buscan.
                   Seduce a muchos la belleza, y nada hay más bello que yo;
                            pero a nadie inflama esta hermosura.
                  Admiran muchos el linaje, la gloria y la nobleza; 
                            pero ¿hay nada más glorioso que yo,
                  Que, engendrado de Dios, soy Dios también, 
                           nacido de una madre purísima?

                                            
                   
                U.N.E.D. (Fot. Manuel Roca)

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, en Fray Luis de Granada. Un escritor contemporáneo, Ediciones del Orto, Madrid 2009, p. 29





sábado, 30 de abril de 2011

Juan Pablo II y San Juan de la Cruz

     El profesor Álvaro Huerga tradujo la Tesis Doctoral La fe según San Juan de la Cruz de Karol Wojtyla, elegido por la Iglesia Papa Juan Pablo II, para la versión española publicada por la BAC en 1979. A las dificultades de la traducción, se añaden lo complejo del pensamiento sanjuanista, y la ilusión del doctorando por explicar los secretos de su misticismo. Pensamos que el profesor Huerga ha salido airoso de la prueba, a pesar de los vericuetos del texto que se encontró entre las manos. Las ideas fundamentales de la tesis de Wojtyla serían las siguientes:

     Por la fe se produce la unión con Dios, pero esa unión se da sin la posesión del objeto, lo cual produce una privación en el entendimiento que desea conocer su objeto, el cual se queda a oscuras, de ahí que para él es de noche. San Juan de la Cruz escribe:

     Se llama noche este tránsito que hace el alma a la unión con Dios

     Es noche, porque parte de la negación de los sentidos; es noche porque el medio de unión es la fe oscura al entendimiento; es noche, porque Dios en esta vida, es meta que no se puede alcanzar.

     Dios se comunica al alma en la fe, aunque escondido en la noche profundísima llamada medianoche. De esta forma el entendimiento alcanza a Dios y se une con Él, por medio de la fe. La purificación del entendimiento se realiza produciendo en él vacío y tinieblas, expulsando  la forma natural, y capacitándole así para recibir la forma sobrenatural. Decimos que el entendimiento entonces:

     Es el candelero donde se asienta esa candela de la fe

     La fe posee una semejanza esencial con la Divinidad que permite conseguir la unión del entendimiento humano con Dios. La luz sobrenatural se inserta en la luz natural del entendimiento, produciéndose la unión por semejanza. Esta unión con la Divinidad no se produce en ninguna otra criatura por carecer su entendimiento de semejanza con la divinidad, sin embargo la fe que posee este tipo de semejanza permite que el hombre se informe y asimile la esencia divina.

   Debajo de esta tiniebla se junta con Dios el entendimiento y debajo de ella está Dios escondido

     De otra forma el alma alcanza por amor la unión de su voluntad con Dios, por la privación del afecto a las criaturas. El amor consigue la semejanza en un impulso psicológico que permite al alma transformarse en Dios, tras la purificación de la voluntad, que es noche también para el alma.

     Juan Pablo II que aprendió español para estudiar a San Juan de la Cruz en su propia lengua, conservó ese amor por los escritores espirituales españoles y por nuestra lengua, durante toda su vida. Un acercamiento a esta tesis suya permitiría al gran público el acceso al concepto de la fe como medio para la unión con Dios, más allá de su magnífica poesía y del misterio de sus noches.

   Así que la semejanza es causa de amor, veamos lo que dice FRAY LUIS otro escritor espiritual contemporáneo de San Juan, acerca de cómo Dios ha resuelto esta situación de alejamiento con el hombre:

     Veis pues ahora cuán grandes impedimentos hay de parte del hombre para amar a Dios. Porque siendo la semejanza causa de amor y de la unión de los corazones, ¿qué semejanza hay entre Dios y el hombre, donde vemos tanta diferencia de parte a parte? Pues ¿qué remedio para que haya semejanza donde hay tantas diferencias? Esta fue la invención admirable de la divina sabiduría, la cual de un golpe cortó a cercén todos estos impedimentos del amor, haciéndose hombre. Porque veis aquí a Dios, que era purísimo espíritu, vestido de carne: veislo abajado, veislo pobre, humilde, mortal y pasible, y sujeto a las mudanzas y cansancios de la vida humana, y sobre todo esto visible, para que el hombre que no podía amar sino lo que veía, vestido ya Dios de esta ropa, no tenga excusa para dejar de amarle. Y porque es también grande impedimento del amor la desigualdad de las personas, por donde se dice que no concuerdan bien ni moran en una casa majestad y amor, veis aquí también quitada la desigualdad, cuando de esta manera se abajó la Majestad y se acomodó a nuestra poquedad.

          

Juan Pablo II

Ante el Consejo Pontificio para la Cultura, en 1985, Juan Pablo II comentaba que la preocupación por evangelizar las culturas no es nueva en la Iglesia, que siempre se ha afanado por hacer presente el Evangelio en el corazón de las mismas.

En Puebla se destacó la función crítica de la fe con respecto a las culturas, porque denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorcisa los desvalores, así la fe espera que progrese la cultura humana para ser mejor formulada. La inculturación de la fe cristiana en las distintas situaciones geográficas e históricas es una exigencia del Sínodo de Obispos de 1977 en Roma, y un requisito de su encarnación en el mundo.

Desde el comienzo de su historia la Iglesia procuró expresar el mensaje crisitano en los conceptos y lenguas de los diversos pueblos, y lo ilustró con el saber filosófico, con el propósito de adaptarlo al nivel del pueblo y al de los filósofos.

Este procedimiento fue subrayado por el Concilio Vaticano II afirmando que múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura. Dios, por medio de la revelación, desde las edades más remotas hasta su plena manifestación en el Hijo encarnado, ha hablado a su pueblo según los tipos de cultura propios de cada época. Los escritores participan en este diálogo entre la fe y la cultura, respetando las distintas épocas históricas y los avances de su tiempo. Esto es lo que hace Fray Luis, representante del Humanismo con su expresión artística denominada Renacimiento, quien en el siglo XVI, asombrará al mundo por la profundidad y belleza de su obra literaria, y por el mensaje que comunicaba: un diálogo cultural que evangelizó todo el mundo conocido.

Juan Pablo II recuerda que inculturación expresa perfectamente el misterio de la Encarnación. En la encíclica Slavorum apostoli cita a los santos Cirilo y Metodio, que evangelizaron los países eslavos:

En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo, un modelo de lo que hoy lleva el nombre de 'inculturación' –encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas– y, a la vez, la introducción de éstas en la vida de la Iglesia.

El Cardenal Ratzinger ha recordado que las culturas, son sistemas que van evolucionando a lo largo de la historia. En muchas regiones de América Latina la cuestión de la inculturación es una verdadera prioridad pastoral.