lunes, 3 de diciembre de 2012

Francisco de Javier en tiempos de fray Luis de Granada


            Javier, nada más llegar a casa y para aprovechar el correo urgente que el rey iba a enviar a su embajador en Roma, en el que daba cuenta al Papa de la muerte del infante su hermano[1], se apresuró a escribir a Ignacio de Loyola. Le contaba cómo había oído en confesión a los presos en las cárceles y que el rey, si no fuera por la muerte de don Duarte, hubiera enviado con este correo carta a Su Santidad y al cardenal Santiquatro para que ayudara a la naciente Compañía de Jesús en sus complejos trámites en Roma. Luego añadía: El rey está tan recogido que nadie le habla de negocios. Ha sentido mucho la muerte de su hermano, el infante. Pasando algunos días, haremos que escriba a todas esas personas que nos hacéis saber. También le comunicaba que eran seis ya los compañeros en Portugal, todos conocidos en París. Entre ellos estaba uno que quería marchar con Rodrigues y Javier a las Indias, que se llamaba Gonzalo Madeiros, originario de Tras-os-Montes, al norte de Portugal, y que conocieron en el colegio de Santa Bárbara de París. Su hermano Francisco era el secretario de la Casa de la India. Yo vi cómo un día acudió a Javier y le dijo. Pedid licencia a Roma, Maestro Francisco, para que en tres fiestas podamos tomar órdenes los que no las tenemos y poder así partir con vos a las Indias. Javier aceptó. Y además urgía en la carta, por amor de nuestro Señor los trámites para obtener el documento o breve del Papa para poder partir cuanto antes.
         Así andaban las cosas, cuando ya estábamos de nuevo dispuestos a seguir al rey a Almeirin, y otro imprevisto retrasó el traslado.
         -¡El rey de Francia ha levantado la prohibición de navegar a Malagueta en África y al Brasil! –vino contando un día Simón-. Parece que quiere permitir a todos comerciar y equipar navíos. Don Juan III está preparando una flota con un cargamento de piedras, yeso y albañales para construir un fuerte en defensa en las costas africanas…
         El mismo día que Noroña galopaba a uña de caballo hacia París, salimos finalmente con el rey, la reina, sus hijos, hermanos y el resto de la Corte rumbo a Almeirim…
         A Rodrigues, Javier, micer Paulo, Madeiros y a mí mismo el rey nos asignó una blanca casuca cerca de la residencia de la infanta María, con puerta al gran jardín del castillo. Aquel palacio era un lugar de ensueño para invernar, situado entre el río Alpiaça y las praderas pantanosas de Muge…
         Los padres Rodrigues y Javier no paraban de confesar todo el día. Se habían hecho famosos entre los cortesanos y habían conseguido que aquella corte ociosa, que seguía al rey, fuera los domingos a comulgar. No sé si era el ejemplo del rey o la capacidad de persuasión de aquellos hombres, el caso es que, como decía Javier, aquí no llega ningún negociante, que primero no busque negociar con Dios que con el rey. Esta cola de cortesanos les impedía encontrar tiempo para predicar. Para mí que era el encanto de Javier, que, de noble cuna, sabía hollar con naturalidad alfombras y desenvolverse con mucho garbo en la corte.
         Un buen día, mientras paseaba por el bosque ví a un jinete que enfilaba el sendero de palacio a todo galope: Es un correo del rey, me dijeron. Aquella tarde Javier que regresaba de catequizar niños en Santarem, parecía más contento que de costumbre.
         -¿Sabéis, Mendes, que hemos tenido correo de Roma? ¡Finalmente ha sido aprobada nuestra orden!. El cardenal Guidiccioni ha dado su brazo a torcer, gracias a nuestros amigos el duque de Ércole y su hermano el cardenal de Terrena, junto al influjo de Contarini, el rey de Portugal y otros bienhechores y amigos de la Compañía. Ya el monarca no tendrá que escribir, como había prometido, al rey de Francia.
         -¡Es como si el cardenal se hubiera convertido! –comentó Simón-. Aunque inicialmente nos limitan el número de profesos a sesenta, ya tenemos aquí la ansiada bula que aprueba la Compañía de Jesús. No olvidaré su nombre: Regimini militantes Ecclesiae[2]. Mirad, Ignacio nos ha enviado una copia.
         A mí lo del Breve de los jesuitas me importaba bien poco, tanto como si éstos convirtieran o no a muchos nobles en la corte. Estaba conteniéndome para no preguntar sobre lo que realmente me interesaba, si partiríamos o no a la India. Había oído cuchicheos los últimos días: que si el rey les había cogido tal cariño que no querían que abandonasen palacio; que si iban a fundar colegio en Coimbra; que si habían escrito a su fundador Ignacio, preguntándole qué hacer. Cuando Rodrigues mencionó el tema, se debieron iluminar mis ojos.
         -También tenemos noticias sobre el viaje. Maestro Ignacio nos ha respondido a nuestra consulta. Fue personalmente a postrarse ante Su Santidad Paulo III, pues ya que él nos había destinado a la India, él debía resolver el dilema-. El Papa le contestó que debía dejar todo al parecer del rey de Portugal. Pero Ignacio añade en su carta que si el rey desea conocer su opinión, es ésta: que el Maestro Javier pase a las Indias[3] y que yo me quede en Portugal, para procurar la fundación del colegio de Coimbra, acrecentar aquí nuestra Compañía y proveer en el futuro para aquellas misiones[4].

*****

         Cuando Francisco de Javier pasa por Lisboa Fray Luis está en Córdoba; Fray Luis de Granada y Juan de Ávila ya conocen y aprecian a la Compañía de Jesús, como es sabido; cuando se traslada a Portugal en 1550, tanto en Évora como en Lisboa, será un decidido defensor de los jesuitas, como relata fray Álvaro Huerga en la biografía del escritor[5]:

         La naciente Compañía ignaciana tuvo en contra vientos y mareas; pero contó también con valiosas ayudas. El duque de Gandía, al abandonar el mundo por seguirla, asombró a media España y fue el personaje más en vista del novísimo instituto religioso. San Ignacio no lo desaprovechó, y lo nombró comisario. En el ejercicio de su cargo desplegará una eficacísima labor de afianzamiento y expansión. Entre los menesteres de su oficio estaba el informar cuidadosamente al padre Ignacio de los avances y problemas cotidianos, faena que el antiguo duque cumplía con escrupulosa solicitud.
         El 26 de febrero de 1556 le comunica que no falta quien ladre. Para un buen entendedor, la mesurada cláusula no entraña ningún misterio: se refiere a Melchor Cano, que no cejaba de irse de la lengua contra la creciente y singular institución. Cano, además de irse de la lengua, se iba también de la pluma.
         Fray Luis de Granada, que tan inequívocamente se pronunció por la Compañía en Évora, sale ahora, 31 de marzo de 1556, al campo epistolar a defenderla. Sabemos que era amigo del padre comisario, y esto nos induce a suponer, como hipótesis, que a él contesta:
‘Acuérdese vuestra reverencia que los sembrados a tiempos han menester blandura, y a tiempos helada y seca, para que con lo uno suban a lo alto, y con lo otro arraiguen en lo bajo; y lo mismo han de menester las plantas espirituales que Dios planta en su Iglesia, para ser en ellas glorificado: porque así como con las alabanzas, cuando no son demasiadas, crece la virtud, así con las tribulaciones la fortaleza’ [6].
Desde Lisboa ve salir las naves que por la costa africana se dirigen hacia las Indias con su carga de mercancías y personas deseosas de una vida más próspera. Fray Luis recuerda, sin duda, el tiempo en que se sintió llamado a evangelizar a los indios, y ofrece a los misioneros como Francisco de Javier, un Breve tratado, que les ayude en la faena de proponer la doctrina cristiana a los nuevos bautizados:
’allí, en Lisboa, puerto y plaza de las Indias Orientales, contemplaba las naos lusas y veía a los marineros trepar por las cuerdas y subir a la gavia y extender las velas; allí tenía ocasión de dialogar con los que iban y, sobre todo, con los que venían, contando, fabulando maravillas. Al viejo fray Luis, al misionero fray Luis, se le esponjaba el alma. Y, ni corto ni perezoso, escribió este breve tratado, que más que un catecismo es una autoconfesión’ [7].



[1] Ocurrida el 20 de octubre de 1540
[2] Dada en Roma el 27 de Septiembre de 1540
[3] Después de permanecer 8 meses en Lisboa, sale para las Indias. La expedición sale el 7 de abril de 1541
[4] PEDRO MIGUEL LAMET, El aventurero de Dios, Francisco de Javier, ed. La esfera de los libros, Madrid 2006, p. 45-48
[5] ÁLVARO HUERGA TERUELO O.P. Fray Luis de Granada, B.A.C. Madrid 1988, p 96-7; y 116-7
[6] FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XIX, F.U.E. Madrid 1998, p. 32
[7] ÁLVARO HUERGA TERUELO O.P., Fray Luis de Granada, B.A.C. Madrid 1988, p. 279

Modo de catequizar destinado a las Indias Orientales


MODO DE CATEQUIZAR

         Porque en las Indias Orientales hay algunos reyes gentiles que desean abrazar nuestra santa fe y religión, parecióme proponer aquí alguna forma cómo esto se puede más cómodamente hacer. De lo cual sant Agustín hizo un tratado[1] de donde podrán tomar los padres que en este piadoso oficio entienden, lo que mejor les pareciere.
         Y porque los gentiles antes de su conversión no dan crédito a las santas Escrituras, sino a la razón –que es una lumbre natural que Dios infundió en nuestros entendimientos, la cual a ningún hombre falta-, por esta vía deben a los principios proceder, por ser más fácil. Para lo cual les podrá servir nuestro Sumario del símbolo de la fe[2], que por la mayor parte procede por esta vía, declarando y confirmando los principales misterios de nuestra fe por la conveniencia que la razón humana tiene con ellos. Aunque mucho más podrán servir para esto algunos capítulos del libro, cuyo es este Sumario[3], los cuales apuntaremos aquí en sus lugares. Para lo cual conviene que el que tiene este oficio a cargo, esté resoluto en esta doctrina, para que tome de ella lo que más hiciere a su propósito.  
        Mas ante todas las cosas debe él poner ante los ojos el fruto y merecimiento de esta obra, la cual es tan grande, que con ningún género de palabras se puede explicar, pues nos consta que, como dice sant Gregorio, no hay sacrificio más acepto a Dios que la conversión de las ánimas[4], cuanto más siguiéndose de aquí la dilatación de la fe, de la cual se sigue la salvación de otras muchas ánimas.


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XIII, F.U.E. Madrid 1997, p. 451-2



[1] S. AGUSTÍN De catechizandis rudibus; PL 40, 309-347
[2] FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XIII, F.U.E. Madrid 1997, p. 451
[3] FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. IX; X; XI y XII, F. U. E. Madrid 1996
[4] Cf. S. GREGORIO MAGNO, Diálogos III, 17: PL 77, 264-5

Sermones de Adviento IV: Idolatría


         Pero había algo que acosaba a los mortales con mayor crueldad todavía, la superstición impía. Como el hombre tiene dentro una religión natural que le lleva a la creencia de que la vida no se puede sustentar sin el auxilio divino, cuando busca a Dios sin poder separar la mente de los sentidos, se le ocurren representaciones corpóreas de la divinidad. Primero los hombres, al ver los astros extendidos por el firmamento y que brillaban con sus luces radiantes, les atribuían honores divinos y daban a las obras de Dios la gloria que a él sólo se le debía. Después, como debido a la gravedad de sus cuerpos no podían contemplar largo tiempo el brillo de los astros, buscaron dioses en la tierra y empezaron a adular a los tiranos y a poner como dioses a los hombres más excelentes. Luego, muchos llegaron a tal grado de locura que en su religión tenían por sagrados sus amores o sus placeres. El emperador Adriano, hombre dado al estudio de la filosofía (el pudor me impide hasta pensar en ello), consagró como dios a Antinoo, su favorito, lo que le hizo exclamar con toda razón a Prudencio: ¿Y qué voy a decir de que Antinoo ha sido entronizado como un dios?[1]. Sucedió así que aquel animal regio y excelso, nacido para el imperio y la gloria, despreció la autoridad del Padre celestial, con ese crimen sacrílego dejó de darle culto y se entregó como esclavo a la pasión y a toda clase de excesos, llegando al extremo de creer que se tenía que rendir culto no ya a los astros o a imágenes de hombres impuros, sino incluso a representaciones de infamias o de bestias crueles. Sucedía así que el mal saltaba de júbilo, que el enemigo del género humano arrogante volaba veloz por la tierra y a todos los hombres, atados con las cadenas de la pasión y de los vicios, los sometía a perpetua esclavitud. ¿Qué maldad podía faltar en el mundo si, extinguida la verdadera religión y piedad, en lugar de adorar a Dios daban culto a las serpientes y a los monstruos?. Como dice el Sabio: El culto de los abominables ídolos es principio, causa y fin de todo mal[2].
         Cuando se extingue el conocimiento de la verdadera divinidad, la mente humana es invadida por tinieblas que la ciegan; poco a poco se olvida de su propia dignidad y ya no mira, ni ama, ni espera otra cosa que aquello que concierne a la utilidad del cuerpo y a su placer.


FRAY LUIS DE GRANADA Obras Completas, t. XXIV, F.U.E. Madrid 1999, p. 149

RICARDO ALARCÓN BUENDÍA, Traducción 




[1] Cf. J. OSORIO, De iustitia coelesti, Colonia 1574, f. 36v; Aurelio PRUDENCIO, Contra Symmacum, lib. I, v. 271
[2] Sb 14, 27

domingo, 2 de diciembre de 2012

Sermones de Adviento III: El beneficio de Cristo


     De lo poco que hemos dicho se puede entender cuántos beneficios trajo el Salvador al mundo. ¿Nos podía faltar algo bueno para la salvación cuando la fuente misma de todos los bienes se dignó venir a nosotros?. Si algún esposo marcha al extranjero con los Indios y está con ellos algún tiempo, desde allí envía a su esposa cartas y pequeños obsequios que despierten su amor y su recuerdo. Luego, cuando vuelve a su patria, no sólo regresa él sino que trae consigo todos sus bienes. Así también, aquel esposo celestial antes de venir al mundo enviaba con sus mensajeros pequeños obsequios y dones a su Iglesia, mas cuando se dignó venir él mismo, trajo a la vez consigo para dárselas todas las riquezas celestiales guardadas en los tesoros divinos.
         Consecuencia de ello fue también que aquellos males que vinieron al mundo por aquel primer padre del género humano desaparecieron gracias al segundo, y en su lugar se nos dieron bienes mucho mayores; como dice el Apóstol: no es el don como fue la transgresión donde abundó el pecado sobreabundó la gracia[1]. Quien desee conocer la gracia abundante de nuestra Redención, ponga sus ojos en aquellos males que vinieron al mundo por el pecado del primer hombre y podrá apreciar los bienes que por méritos del Redentor nos han sido otorgados, ya que fue enviado por el Padre al mundo para restaurar lo que se había derrumbado por culpa del pecado.


Fray Luis de Granada Obras Completas, t. XXIV, F.U.E. Madrid 1999, p. 127 
(Traducción de Ricardo Alarcón Buendía)



[1] Rm 5, 15 y 20

Sermones de santos: Venid a mí... yo os aliviaré



TEMA: Venid a mí todos los que tenéis trabajos, y estáis cargados, y yo os aliviaré (Mt 11, 28)

         La solemnidad sagrada de este día recomienda mucho, hermanos carísimos, el oficio de la predicación evangélica. Porque es constante que el destino principal de los apóstoles, con que convirtieron el mundo a la fe de Cristo, fue la predicación del evangelio. Y cuánta sea la dignidad de este oficio, ciertamente hay muchas cosas que lo declaran. Pero la primera entre ellas es que este mismo fue el cargo y oficio de nuestro Salvador.. Por esta causa el apóstol san Pablo no dudó llamarlo Apóstol y Pontífice de nuestra confesión[1]. Luego ¿cuál será aquel oficio a que Dios Padre envió a la tierra a su Hijo para que el que antes nos hablaba en los profetas, ahora nos hablara también en su Hijo?[2]. También la elección de san Matías apóstol declara manifiestamente la dignidad de este cargo. En la cual, sin embargo que eran muy santos los electores, y muy ajenos de la aceptación de personas, que domina mucho en las elecciones, no atribuyeron tanto a su parecer, que se prometieran por sí el acierto de esta elección, sino que, desconfiando de sus juicios y acogiéndose a aquella primera regla de verdad que no puede engañarse ni engañarnos: tú, Señor, dicen, que conoces los corazones de todos, muéstranos cuál de estos dos has escogido, para que tome el lugar de este ministerio y apostolado, del cual por su prevaricación cayó Judas[3]. Si preguntáis la causa de esto, no es otra que la dignidad y majestad del oficio, a quien se ha confiado la salud de las almas, redimidas no con el oro o plata corruptibles, sino con la sangre preciosa del Cordero inmaculado[4].  Pues lo que tanto costó a su Redentor, y lo que está entre premios eternos, o eternos castigos, ¿acaso no se ha de procurar con mucho cuidado y diligencia?. Luego por fin del oficio será fácil colegir su dignidad y necesidad; y conocida ésta, no parecerá extraño que estos varones santísimos no quisiesen arrogarse a sí este tan grave negocio, sino encomendarlo a Dios…
         EXPLANACIÓN DEL TEMA

         Venid a mí todos los que estáis en trabajos, y yo os aliviaré. Así como entre las virtudes, con que se adorna el alma, es la primera en el orden la fe, que ilustra el entendimiento, del cual procede toda acción; así, por el contrario, su ceguera es el principio de todos los vicios con que se afea el alma. Porque, estando ciego el entendimiento, que es el caudillo de la voluntad humana, ¿qué cosa podrá hacerse ni administrarse bien por el hombre? Pues si un ciego guía a otro ciego[5], ¿ acaso los dos no caerán en la hoya?
         Entre los errores todos de los mortales, que son muchos y varios, me parece a mí que el mayor y principal es que, engañados del diablo, creen que es áspero y escabroso el camino de la virtud; y ameno y deleitable el de los vicios. Esto hace que, dejando el camino de la virtud y honestidad, anden por el camino de los vicios, llano y suave a su parecer. Porque es tal la condición del corazón humano que, como dice Aristóteles, apetece mucho las cosas dulces y deleitables, y huye de las contrarias. De aquí manó aquella sentencia de los retóricos: ninguna cosa se seca más presto que las lágrimas, porque la voluntad humana huye todo lo triste, como contrario a ella, y desea con suma ansia las cosas gustosas y agradables, que la refuerzan y recrean. Por tanto, así como dicen los médicos que nuestro hígado se deleita mucho cono las comidas dulces, y las trae a sí con vehemencia, de este modo nuestra voluntad, así como se ofende con las cosas amargas, así como ansía las dulces. Esto, como antes se ha dicho es la causa por que los malos huyen la virtud como horrible y abrazan los vicios como dulces y deleitables.
         Pues este error, hermanos, me parece a mí que entre todos es el más pernicioso a los hombres y él solo recomienda mucho los vicios con título de deleite. Contra este error debo yo combatir con frecuencia, y os debo mostrar con razones muy claras que es muy verdadera aquella sentencia que leemos en el Eclesiástico: El camino de los pecadores está empedrado de piedras[6], y después de él está el infierno, las tinieblas y la pena.
         Esto mismo persuaden y predican las palabras del Señor: Venid a mí todos los que estáis en trabajo, y estáis cargados, y yo os aliviaré[7], ¿por ventura no demuestra los cuidados y afanes de los hombres malos, y el reposo y delectación de los justos? Porque ¿a quiénes otros que a los pecadores, que están agravados con el peso de sus pecados, llama el Señor cargados? ¿Y a quiénes otros promete el auxilio del alivio y refuerzo, sino a los que se acogen a él, esto es, a los hombres piadosos y buenos?. Acaso esto también no amenazó Moisés casi con las mismas palabras al pueblo prevaricador: Porque no quisiste, le dice, servir a tu Señor Dios en gozo y alegría de tu corazón por la abundancia de todas las cosas, servirás a tu enemigo, que pondrá yugo de hierro sobre tu cerviz[8]. Y así lo que el Salvador llama carga, Moisés llama yugo de hierro, lo que aquél refuerzo, éste gozo y abundancia de todas las cosas. Estos dos testimonios de las Santas Escrituras, pronunciadas por boca de la misma verdad debieran ser bastantes y sobrados para que, dejando el error vulgar de los hombres, creyéramos ciertísimamente que el camino de los mandamientos divinos, estaba lleno de verdaderas delicias, y que el de los malos lo está de tropiezos y cargas muy pesadas.


FRAY LUIS DE GRANADA Obras Completas, t. XXXIX, F.U.E. Madrid 2003, p. 457-473 

PEDRO DUARTE, RICARDO ALARCÓN BUENDÍA y JUAN MANUEL CONESA NAVARRO, Traducción 




[1] Hb 3, 1
[2] Hb 1, 1-2
[3] Hc 1, 24-25
[4] P I, 1, 18-19
[5] Mt 11, 14
[6] Si 21, 11
[7] Mt 11, 28
[8] Dt 28, 47-48

sábado, 1 de diciembre de 2012

Introducción del Símbolo de la fe: Tendré misericordia


Y porque abiertamente conociésemos que todas estas profecías debajo de sus metáforas profetizaban la conversión de las gentes, al cabo de todas ellas, que es en el postrer capítulo, puso la llave de la inteligencia de lo que acerca de esta vocación había profetizado, diciendo así: Enviaré de aquellos que fueron salvos, a las gentes, a la mar, a África, a los moradores de Lidia que usan flechas y saetas, y a Italia, y a Grecia, y a las islas muy apartadas, y a  los que no me conocen ni vieron mi gloria, y predicarla han a las gentes[1]. En las cuales palabras, sin metáfora alguna declara esta vocación de la gentilidad al conocimiento y servicio del verdadero Dios, de aquí hemos tratado.
         Pues el profeta Oseas representa a Dios prometiendo esta misma gracia, por estas palabras: Tendré misericordia de la que era sin misericordia, y diré a quien no era mi pueblo: Tú eres mi pueblo, y él dirá: Tú eres mi Dios[2]. Pues ¿a quién competen estas palabras sino a la gentilidad, la cual no habiendo sido pueblo de Dios, vino por la gracia de Cristo y predicación de su evangelio a ser pueblo suyo?.

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XII, F.U.E. Madrid 1996, p. 64-5




[1] Is 66, 19
[2] Os 2, 23-4

Sermones de tiempo: Sed misericordiosos


TEMA: Sed misericordiosos, como vuestro padre es misericordioso[1]

         Consta queridísimos hermanos, que la perfecta  justicia por su propio ser tiene tres parte: la primera da lo que es equitativo y justo a Dios; la segunda, a nosotros; la tercera, a los prójimos. De las dos primeras trata el Maestro celestial en otro lugar; de esta última, que se refiere a los prójimos, trata en la lectura evangélica de hoy. Y esta tercera sección de la justicia, a su vez, consta principalmente de dos partes: una nos ordena actuar benignamente, la otra nos prohibe hacer daño. De ambas trata el Salvador en este lugar. De la primera dice: Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. Y a un mismo tiempo declara los deberes y los premios de la misericordia cuando en seguida añade: Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará[2]. De la segunda trata cuando dice: No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados, y lo demás que sigue luego.
         Dado que el Señor nos propone en la presente lectura enseñanzas muy saludables acerca de esta doble parte de la justicia hacia los prójimos, yo también con la ayuda de su gracia, predicaré de ellas en el presente sermón. Y para que pueda hacerlo piadosa y religiosamente, imploremos con humildad la ayuda celestial por intercesión de la santísima Virgen

AVE, MARÍA

         Entre los preclaros beneficios que hizo al género humano el liberalísimo Señor de todas las cosas, ocupa el primer lugar el que nos haya dado a su Unigénito Hijo no sólo como redentor y restaurador de nuestra libertad, sino también como maestro e intérprete de su voluntad. El Apóstol amplifica con razón este beneficio al comenzar la epístola a los hebreos afirmando: De muchas maneras y de muchos modos habló en el pasado Dios a los Padres por los profetas, en estos últimos días nos habló por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien creó también los siglos[3]. Y no menos amplificó este beneficio Moisés, que, después de promulgada la Ley en el monte Sinaí por la voz del mismo Señor dice al pueblo: Pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra[4]. Y por este beneficio nos manda el profeta que nos regocijemos y demos gracias cuando dice: Hijos de Sión, regocijaos en el Señor vuestro Dios, que os dio al Maestro de justicia y hará bajar a vosotros la lluvia de primavera y de otoño[5]. Evidentemente, hace esto para que la semilla de la palabra de Dios, arrojada por su trabajo en la tierra de vuestros corazones y regada con las lluvias de la gracia celestial, produzca frutos de vida eterna.
     Esta misión la cumplió perfectísimamente nuestro Salvador, como él mismo dice en un salmo: He publicado tu justicia en la gran asamblea; mira no cerraré mis labios. Tú lo sabes, Señor[6]. Porque ¿qué otra cosa anuncian los santos evangelios sino la justicia de Dios? Y por la palabra justicia significó, según la costumbre hebrea, toda virtud y santidad. Dado que a la justicia principalmente pertenece dar a cada uno lo suyo, y esto mismo lo hace plenísimamente la virtud, no hay que extrañarse de que en el nombre de justicia haya comprendido todas las virtudes.
         En la lectura del santo evangelio de este día trata el Señor de aquella parte de la justicia que se refiere a la común convivencia de los hombres, es decir, al amor del prójimo. Para su explicación tomó el principio oportunísimo de la misericordia. Sed, dice, misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso[7]. Y para que entendamos de qué clase de misericordia habla el Señor, se ha de exponer en primer lugar la noción de misericordia. La misericordia unas veces indica virtud, otras el afecto, y otras comprende ambas cosas. Y ciertamente del primer modo ponemos misericordia en Dios y en los bienaventurados, los cuales socorren a los miserables sin sentir ningún dolor. En cambio del segundo modo la misericordia es un afecto y un sentimiento de dolor, contraído en nuestro ánimo por causa de la miseria ajena. De este afecto parece que deben entenderse aquellas palabras del santo Job: Desde mi infancia creció conmigo la compasión y desde el vientre de mi madre salió conmigo[8]. La compasión que es propia del hombre desde el seno materno parece designar más el afecto que la virtud. Pues Dios quiso que se socorriese a la humana debilidad no sólo por otras razones, sino también por ésta. Realmente este afecto, según el sentir de Aristóteles,  domina principalmente en los viejos, en las mujeres y en los enfermos. Porque todos éstos, enseñados por su misma flaqueza, temen mucho que se ciernan sobre ellos los peligros y, en consecuencia, tienen con los demás la misericordia que quieren se tenga con ellos. Por eso aquella célebre mujer habla en la obra del poeta en estos términos: La experiencia de los males me enseña a socorrer a los miserables[9]. Por el contrario, dice el profeta de los felices y poderosos de este mundo: Beben vino en anchas copas y se ungen con óptimo ungüento, mas no se afligen en absoluto por el desastre de José[10].
         A esta clase de personas añado yo los varones santos, en los que, como la gracia divina no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona[11], este afecto natural de la misericordia se halla con mucha más intensidad. Por lo que dijo Salomón: El justo conoce el modo de ser de sus jumentos, pero las entrañas de los impíos son crueles[12]. En efecto los impíos, por vicio de su depravada vida, perdieron no sólo los dones de gracia dados por Dios, sino también casi los dones y excelencias de su naturaleza.
         También aquí se encuentra unida con la virtud la tierna moción del corazón, lo cual es tan digno de alabanza que obligó a decir a san Gregorio: Alguna vez la compasión del corazón es más que el mismo dar, porque todo el que se compadece perfectamente del necesitado estima en menos todo cuanto da. Y a la inversa, tanto uno es más perfecto dice él, cuanto más perfectamente siente los dolores ajenos[13]. Así, pues, cuando el Señor nos invita a la misericordia, no entiende la que sólo contiene el afecto del corazón, sino aquella que es exclusivamente virtud o aquella que une a la virtud este afecto bondadoso.
  Dice, por tanto, el Señor: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso[14]. De verdad se dice que este Padre es bondadoso con los ingratos y malos, puesto que hace salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos[15]. Porque para todos igualmente resplandece el sol, alumbra el día, riegan las fuentes, llueven las nubes. Imitad, pues, vosotros tal misericordia y beneficencia, que no tiene acepción de personas, no mirando en el hombre otra cosa que la dignidad humana, la imagen de Dios, el precepto del Señor y, por tanto, al mismo Señor, puesto que él mismo dijo: Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis[16].


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas t. XXXVI, F.U.E. Madrid 2002, p. 12-19

CARLOS CRISTÓBAL CANO y ÁLVARO HUERGA, Traducción 




[1] Lc 6, 36
[2] Lc 6, 37-8
[3] Hb 1, 1-2
[4] Dt 4, 32-3
[5] Jl 2, 23
[6] Sal 39, 10
[7] Lc 6, 36
[8] Jb 31, 18
[9] VIRGILIO, Aeneida 1630
[10] Am 6, 6
[11] Cf. S. TOMÁS, Summa Theologiae I, q. 1, a. 8 ad 2
[12] Pr 12, 10
[13] S. GREGORIO MAGNO, Moralium XIX, 11, 18: PL 76, 107
[14] Lc 6, 36
[15] Mt 5, 45
[16] Mt 25, 40