lunes, 15 de abril de 2013

Obsequio a San Carlos, Cardenal Borromeo


A CARLOS, CARDENAL BORROMEO, ARZOBISPO DE MILÁN, FRAY LUIS DE GRANADA DESEA PERPETUA FELICIDAD EN CRISTO

        Reverendísimo e Ilustrísimo Cardenal: Es tanta la dignidad y belleza de la virtud que, después de Dios, nada hay más digno, más bello y más divino que el alma que, desarraigada de las cosas terrenas y hollándolas, se entrega por entero al obsequio y amor de Dios, de modo que, muerta al mundo, para él solo viva, para Él milite, a Él obedezca, en Él  ponga siempre los ojos, toda se derrita en su amor y esté día y noche suspensa en su contemplación, a Él encamine su vida y sus actos, y nada piense más que en agradarle en todo. La hermosura de un alma así, si la viéramos con los ojos del cuerpo, ¿no nos inflamaría en su amor? Porque ¿quién no admira y ama la hermosura y encanto de la virtud, aun en un enemigo? En toda la maravilla del cosmos, ¿hay algo más hermoso o más sublime que la virtud y la piedad cristianas? En verdad, ninguna.
        Pues por eso yo, Eminencia, subyugado y complacido por solo el olor de vuestras virtudes, a pesar de la lejanía y de no conocerle de vista, ni haber recibido cartas ni mandatos, ni esperar premio alguno, siendo ya muy entrado en años, no he cejado de admirarle y amarle y elevar al Señor cotidianas plegarias, valgan lo que valgan. Y no contento con esto, he querido también dedicarle, en testimonio de mi afecto y veneración a vuestra persona, el tercer tomo de mis sermones, que contiene los que se predican desde el Domingo de Resurrección hasta la festividad del Sacratísimo Corpus Christi.
          Lo hago con mayor gusto por tratarse en estos sermones, más que en otros, del misterio del amor de Cristo y del beneficio de nuestra redención, al filo de los textos de los evangelios que se leen en este tiempo litúrgico, y por saber que estos temas son muy dulces y gratos a quienes están ardiendo en amor a Cristo –en cuyo número, por don divino, os puso la divina Bondad-. Estos  misterios nos sirven también para rebatir las calumnias de los herejes, que nos acusan con furia de restar valor y amor a la gracia de Cristo y al beneficio de su redención: son ellos, no nosotros, los que pervierten el misterio de Cristo y la obra redentora por la que el Hijo de Dios nos hace puros e inmaculados y seguidores de su paciencia y obediencia: son ellos los que toman de esta obra ocasión fatua de ociosidad y de condescendencia, en vez de esfuerzo, por el engaño de una vana confianza en sola la gracia de Cristo, prometiéndose la salvación sin la práctica de la dura penitencia y de las buenas obras personales, ni los arredra el temor del infierno, ni los mueve la voz de san Pablo, que dice: no son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los cumplidores de la Ley esos sean declarados justos[1]; ni el ejemplo de las vírgenes necias que tenían incorrupta la lámpara de la fe, mas no el aceite de la caridad, y por eso se les cerró la puerta del reino[2].
        Nosotros, en cambio, ensalzamos la gracia de Jesucristo, nuestra cabeza, y confesamos que es infinita y que aprovecharía a infinitos mundos, si los hubiera: por eso su amor nos enardece y nos afianzamos en sus méritos y sufrimientos con una firme esperanza, e imitamos su humildad, su mansedumbre, su paciencia, su obediencia y las demás virtudes que resplandecen de modo especial en su Pasión. Pues a esas virtudes, y no a la vana confianza de los herejes, vacía en buenas obras, nos acogemos en la contemplación de la Pasión del Señor, secundando la exhortación del apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos. Él, que no cometió pecado ni en cuya boca se halló engaño, ultrajado, no replicaba con injurias, y atormentado, no amenazaba, sino que lo remitía al que juzga con justicia[3].
          Mas de esto basta con lo dicho
       Reciba, por tanto, Vuestra Eminencia, este pequeño obsequio, expresión de mi afecto, y págueme con el don de su benevolencia.


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XXXII, F.U.E. Madrid 2001, p. 12-17

ÁLVARO HUERGA TERUELO Traducción, edición y notas




[1] Rm 2, 13
[2] Cf. Mt 25, 1-13
[3] P I, 2, 21-3

domingo, 14 de abril de 2013

La Resurrección, Poema de Lactancio II

La visión clásica de la muerte en el mundo grecorromano se  transforma con la llegada del cristianismo de una manera inédita en el mundo y en su cosmogonía. Algo nuevo rasga el aire y el hombre se comprende a sí mismo, viendo más allá de sí, por medio de la fe en Cristo resucitado: 

Cesaron los tristes lazos de la ley infernal
Y se espantó el caos de ser vencido por la presencia de la luz.
Perecen las tinieblas ahuyentadas por el esplendor de Cristo:
Cae el denso manto de la noche eterna.
Poder santo, te ruego que me concedas una fe solícita,
Se cumple el tercer día, levántate, oh mi sepultado.
No es conveniente que tus miembros se encubran en un vil sepulcro.
No opriman viles piedras el precio del mundo.
Es indigno que aquel en cuyo puño se encierran todas las cosas,
Una piedra lo cubra en la roca que lo detiene.
Te ruego que quites los lienzos, deja el sudario en el sepulcro.
Tú nos bastas a nosotros, y sin ti nada existe.
Suelta las sombras encadenadas de la cárcel del infierno,
y lleva hacia arriba cuanto cae en el abismo.
Devuelve tu rostro, para que los siglos vean la luz:
Haz volver el día, que de nosotros huye, cuando mueres Tú.
Pero regresando llenaste, ciertamente, el cielo, oh piadoso vencedor,
Los infiernos abatidos están, sin mantener sus derechos.
El infierno abriendo insaciablemente sus fauces vacías,
y que siempre devoraba, se hace, oh Dios, presa tuya.
Sacas de la cárcel de la muerte un pueblo innumerable,
y sigue libre adonde Tú vas, Creador suyo,
La bestia feroz arroja con pavor la multitud tragada,
Y el Cordero saca las ovejas de las fauces del lobo.
De ahí que volviendo al sepulcro después de los infiernos
Y tomando la carne de nuevo,
Llevas al cielo, guerrero, magníficos trofeos.
A los que tuvo el caos penal, ése ya los devolvió;
Y a los que la muerte reclamaba, una nueva vida los mantiene.
Rey sagrado, he aquí que brilla una gran parte de tu trofeo,
Cuando el sagrado bautismo hace dichosas a las almas puras.
Un blanco y nítido ejército sale de las aguas,
Y lava el viejo pecado en un río nuevo.
Una blanca vestidura distingue también las almas resplandecientes,
Y el pastor siente gozo con la cándida grey.
En esta merced se añade, feliz y concorde, el sacerdote
Que dar quiere a su Señor un doble talento.
Atrayendo a cosas mejores a los extraviados por el error pagano,
Fortifica el redil de Dios, para que no lo devore la fiera.
A los que Eva culpable antes había emponzoñado, ahora el pastor
Los devuelve a la Iglesia con el pecho, con la leche, con el regazo.
                                  

                                            *****

POEMA EN LATÍN

Tristia cessarunt infernae vincula legis,
Expavitque chaos luminis ore premi.
Depereunt tenebrae Christi fulgore fugatae:
Aeternae noctis pallia crassa cadunt.
Solicitam sed redde fidem precor, alma potestas;
Tertia lux rediit, surge sepulte meus.
Non decet ut vili tumulo tua membra tegantur,
Non precium mundi vilia saxa premant.
Indignum est, cuius clauduntur cuncta pugillo,
Ut tegat inclusum tupe vetante lapis.
Lintea tolle precor, sudaria linque sepulchro:
Tu satis est nobis, et sine Te nihil est.
Solve catenatas inferni carceris umbras,
Et revoca sursum quicquid ad ima ruit
Redde tuam faciem, videant ut secula lumen;
Redde diem, qui nos te moriente fugit.
Sed plane implesti remeans pie victor Olympum,
Tartara pressa iacent, nec sua iura tenent,
Infernus insaturabiliter cava guttura pandens,
qui raperet semper, fit tua praeda Deus.
Eripis innumerum populum de carcere mortis,
Et sequitur liber, quo suus autor abis.
Evomit absorptam pavide fera bellua plebem,
Et de fauce lupis subtrahit agnus oves.
Hinc tumulum repetens post tartara carne resumpta,
Belliger ad coelos ampla trophaea refers.
Quos habuit poenale chaos, iam reddidit iste,
Et quos mors peteret, hos nova vita tenet.
Rex sacer, ecce tui radiat pars magna trophaei,
Cum puras animas sacra lavacra beant.
Candidus egreditus nitidus exercitus undis,
Atque vetus vitium purgat in amne novo.
Fulgentes animas vestis quoque candida signat,
Et grege de niveo gaudia pastor habet.
Additur hac felix concors mercede sacerdos,
Qui dare vult domino dupla talenta suo.
Ad meliora trahens gentili errore magnates,
bestia ne raperet, munit ovile Dei.
Quos prius Eva nocens infecerat, hos modo reddit
Ecclesiae Pastor ubere, lacte, sinu.


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XXXII, F.U.E. Madrid 2001, p. 23-5

DONATO GONZÁLEZ-REVIRIEGO Traducción


jueves, 11 de abril de 2013

Ascética dominicana: fray Luis de Granada


En realidad no se puede hablar de místicos dominicos, porque los más conspicuos escritores de esa Orden cultivan casi exclusivamente el aspecto ascético. Entre ellos sobresalen: el gran orador y teólogo PADRE MELCHOR CANO (1509-15609, que tradujo del toscano al español el Tratado de la victoria de sí mismo, y como teólogo ha inmortalizado su nombre con el De locis theologicis; el PADRE ALONSO DE CABRERA (1549-1595), cordobés, elocuente orador que, en sus Consideraciones sobre todos los Evangelios de la Cuaresma (Córdoba, 1601), revela un vocabulario abundante afeado por el abuso de textos latinos; y sobre todos, el más grande de los oradores sagrados de España, PADRE FRAY LUIS DE GRANADA...

Obras

            Fray Luis de Granada escribió obras en latín y en portugués, lenguas que conocía a fondo. Aquí sólo nos interesan las castellanas, que son numerosas:
            Libro de la oración y meditación (Salamanca, 1554), inspirada en otro de igual título de San Pedro de Alcántara, pero con el sello personal, inconfundible, de Granada, es un compendio de meditaciones sobre la oración, la limosna, el ayuno, las penitencias…
El Memorial de la vida cristiana (Lisboa, 1561) nos presenta una filosofía del Amor divino, con experiencias místicas. Las Adiciones (1574) completan la anterior exposición con un fino análisis de la voluntad. Las Biografías acusan la mano del autor, aunque son más bien semblanzas o simples apuntes. La Retórica (Libri sex ecclesiasticae rhetoricae) recoge la doctrina oratoria de los clásicos grecolatinos, especialmente Cicerón y Quintiliano, con lo que aspira a formar el perfecto orador cristiano.

La Guía de pecadores y el Símbolo de la Fe

            Mención aparte merecen por su categoría literaria y por la difusión que alcanzaron la Guía de pecadores y la Introducción del Símbolo de la fe.
            La Guía de pecadores (Lisboa, 1556) constituye un hermoso tratado de ascética en que se señala al alma pecadora el mejor camino hacia Dios. Se exponen los peligros del mundo, la vanidad de las glorias terrenas, los remedios para evitar cada pecado, la mortificación de los sentidos y la práctica de las obras de misericordia. El autor, en páginas brillantes exalta la grandeza de Dios y los títulos que a Él nos obligan: creación, redención y predestinación. De estilo desigual y que se resiente del tono oratorio inseparable del padre Granada, la Guía sigue siendo uno de los libros clásicos de la literatura ascética y el mejor de su autor después del Símbolo de la fe.
            La Introducción del Símbolo de la fe (Salamanca, 1583) señala la máxima altura de fray Luis de Granada como escritor y pensador cristiano. Es a la vez una Teodicea, una Teología cristiana y una Apologética. Consta de cuatro partes: primera, descripción del mundo, del hombre y tratado de la creación y de la Providencia; segunda, apologética, trata de las excelencias de la Fe, corroboradas por la historia y el martirologio cristiano; tercera, estudia el misterio de la Redención, en sus frutos y figuras, y cuarta, examina el mismo misterio a la luz de las profecías. Llama la atención el sentimiento de la naturaleza, expresado con finos toques no superados por otro escritor. Un amor infinito hacia los seres naturales –obras de Dios, al fin-, hombres, animales y plantas, lleva a Granada a ponerlos casi siempre como ejemplos en unos análisis psicológicos que revelan en el autor sensible temperamento.

DIEZ ECHARRI Y ROCA FRANQUESA, Historia de la Literatura española e Hispanoamericana ed. Aguilar, Madrid 1972, p. 300-1



miércoles, 10 de abril de 2013

Bajo el influjo de Juan de Ávila

       Después del detallado análisis que hace A. Huerga, sobre estas cartas de fray Luis, concluye y es fácil observarlo leyendo sus textos, que ‘fray Luis es realmente un hombre nuevo’[1], un hombre transformado, un hombre muy distinto del estudiante de San Gregorio de Valladolid y también del futuro escritor. El ministerio de la predicación, bajo el influjo de Juan de Ávila, cambia el concepto académico para el que se preparó en San Gregorio en las aulas, por una visión más evangélica. Este testimonio de fray Luis es inequívoco y llameante: ‘¡Oh padre mío! ¡Cuán diferente es la vida de los Santos a la de los (hombres) que ahora son! Pues yo le prometo a Vuestra Reverencia que puede despedirse de hacer fruto en las almas de los prójimos quien no vive como vivieron los santos. San Jerónimo y San Bernardo, ayunando y comiendo legumbres y estando noche y día en oración, viviendo en grandísima pobreza, aprovecharon a las almas. Bien podrá ser letrado y predicar; pero convertir almas ni es de letras ni es de ciencia, ni es parte para esto sino sólo Dios, que Él no obra este efecto por letrados hinchados, sino por siervos humildes, semejante locura es ésta a la que yo tenía estudiando allá en el colegio de San Gregorio mucha retórica para convertir almas, como si hubiera de tomar Dios los retóricos para ministros de un tan gran misterio como es su Evangelio y su espíritu’. Finalmente apostilla: ‘Los ministros del Evangelio no han de ser semejantes a Tulio, sino a Jesucristo; y han de ser  tan semejantes a Él, que se trasluzca y represente en su vida Jesucristo, como la figura en el espejo’[2]


URBANO ALONSO DEL CAMPO, Vida y Obra de fray Luis de Granada, ed. San Esteban, Salamanca 2005, p. 75



[1] A. HUERGA, Escalaceli, Madrid 1981, p. 222-235
[2] FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XIX, ed. FUE, Madrid 1998, p. 22-3          

sábado, 6 de abril de 2013

La educación de los hijos

        
        Pero por la misma razón tengan cuenta los padres de lo que han de hacer y el cuidado que han de tener de sus hijos, conviene a saber, que los amen de corazón, que los críen solícitamente y los guarden en el temor del Señor, y los enseñen en todas las buenas costumbres, y los traten con mansedumbre. Porque todo esto manda la Escritura divina. ¿Tienes hijos?, dice Salomón. Enséñalos y dómalos desde la niñez. ¿Tienes hijas? Guarda su honestidad y no les muestres tu rostro risueño. Y luego dice: Regala a tu hijo, y ensoberbecerse ha contra ti; juega con él, y darte ha mil disgustos. No te rías con él, ni llores con él, porque después no te arrepientas. No le des poder sobre tu casa en su mocedad, y mira por sus propósitos y por lo que piensa hacer. Dobla su cerviz cuando es mozo, y azótalo cuando es niño, porque después de duro no te desprecie y no haga caso de ti, y entonces te dolerá el corazón. Enseña a tu hijo y trabaja con él, porque su deshonestidad no te sea contada por pecado[1].Conforme a esto, dice san Pablo: Padres, no queráis provocar a ira a vuestros hijos, mas criadlos con doctrina y temor del Señor[2].
         Y de tal cuidado y trabajo, qué fruto hayan de coger los padres, decláralo el Sabio diciendo: Quien ama a su hijo, castígalo muchas veces, para que después se alegre con él y no ande pidiendo de puerta en puerta. Quien enseña a su hijo, será alabado por sus virtudes y en medio de sus prójimos será honrado[3].
         Por lo dicho parece claro cuán reprensibles y crueles son los padres que con una indiscreta piedad por no castigar a sus hijos, los dejan estragar y corromper con solturas y vicios, los cuales con más razón se pueden llamar homicidas que no padres. ¿Qué mayor crueldad podría ser que estando vuestro hijo ahogándose en un río, que de dolor por no tirarles de los cabellos, lo dejáseis sumir debajo del agua? Pues no son menos crueles los que por no repelar o azotar a sus hijos, los dejan sumir en el abismo de los vicios. No sé con qué palabras pueda encarecer este descuido. Porque aun aquel rico avariento que estaba ardiendo en las llamas del infierno tenía cuenta con sus hermanos, y ya que para él no había lugar de castigo ni disciplina, deseábala para sus hermanos, y para esto pedía que fuese Lázaro a avisarlos, porque no viniesen a parar en aquel lugar de tormentos[4]. Pues si este cuidado y providencia tenía de los suyos un condenado, puesto caso que no hacía esto con buen celo sino con amor propio, ¿cómo no se confundiría el que no hace otro tanto siendo cristiano? Y si este ejemplo no nos mueve, había de movernos el del sacerdote Helí, que porque no castigó dos hijos que tenía, por los males que hacían, él y ellos murieron desastradamente, y el arca de Dios fue presa en poder de los filisteos, y el ejército de Israel fue vencido, y treinta mil hombres muertos en la batalla[5].

FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XX, F.U.E. Madrid 1998, p. 257-9

JOSÉ LUIS ALMEIDA MONTEIRO, Transcripción del texto portugués 

JUSTO CUERVO, Traducción al español de Justo Cuervo.




[1] Si 30, 9-13
[2] Ef 6, 4
[3] Si 30 1, 2
[4] Cf. Lc 16, 27-8
[5] S I 2, 12 s



viernes, 5 de abril de 2013

La humildad en san Vicente Ferrer


        A esta humildad pertenece que el hombre se tenga por una de las más viles y pobres criaturas del mundo, y más indignas del pan que come, y de la tierra que huella, y del aire con que respira, y no sienta más de sí que de un cuerpo hediondo y abominable, y lleno de gusanos, cuyo hedor él mesmo no puede comportar, y que todos cierran los ojos y tapan las narices por no olerlo ni verlo. Así nos conviene, dice el bienaventurado sant Vicente[1], hermano muy amado, a mí y a tí que lo sintamos, pero más a mí que a tí, porque toda mi vida es hedionda y sucia, y yo todo soy sucio, y mi cuerpo y mi ánima y todas cuantas cosas hay dentro de mí, están feas y abominables con la corrupción de mis pecados, y, lo que peor es, que cada día siento que este mismo hedor y horror se renueva en mí. Y debe el ánima fiel sentir este hedor en él con grande vergüenza, como la que se ve en presencia de aquellos divinos ojos que tan claramente lo ven todo, y como si ya se hallase presente en aquel estrecho juicio, dolerse cuanto pudiere de la ofensa de Dios y de haber perdido aquella gracia que tenía cuando fue lavada con el agua del sancto bautismo. Y así como cree y siente que hiede ante Dios, así también imagine que hiede ante los hombres y ángeles, y así ande como corrido y confundido en presencia de ellos. Y si pensare lo que aquella divina Majestad merece, y cuánto estaba obligado quien tantas misericordias había recibido, y cuán mal ha respondido a lo uno y a lo otro, y cómo en lugar de servicios tan debidos le ha hecho tantos deservicios, verá que merecía que todas las criaturas se levantasen contra él, y tomasen venganza de él, y lo despedazasen y comiesen a bocados pues él tan gravemente injurió y ofendió al Señor de todo.


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. IV, F.U.E. Madrid 1994, p. 266



[1] S. VICENTE FERRER, Tratado de la vida espiritual, cap. 18 (Biografía y escritos de S. Vicente Ferrer, ed. Garganta-Forcada, Madrid, BAC, 1956, p. 530)

San Vicente Ferrer

           De san Vicente Ferrer, que tuvo especial gracia y don de predicar, está escrito que en casi todos sus sermones inculcaba a sus oyentes la severidad del juicio final, con cuya doctrina hizo un tan feliz y copioso fruto que trajo a penitencia de la vida pasada a muchos millares de hombres[1].
            Finalmente son tales las cosas que en las Sagradas Escrituras se refieren a este juicio y exceden tanto la fe y creencia de los hombres, que después de haberlas el Señor pronunciado en esta sagrada lección, añadió esta aseveración: El cielo y la tierra pasarán, y mis palabras no pasarán[2]. Con estas palabras comprobó la grandeza de este día, y la verdad incontrastable de esta profecía, a la cual no es comparable ninguna verdad humana.


FRAY LUIS DE GRANADA, Obras Completas, t. XXXVIII, F.U.E. Madrid 2003, p. 414-415

PEDRO DUARTE, Traducción 



[1] V. J. ANTIST, Vida de s. Vicente Ferrer, Valencia, Pedro de Huete, 1575
[2] Mc 13, 31; Lc 21, 33; Mt 24, 25