domingo, 30 de julio de 2017

Séneca "De la vida bienaventurada"

     Lo susodicho en substancia es de Séneca. El cual, en el libro que escribió De la vida bienaventurada, dice que, la misma naturaleza nos crió no sólo para obrar, sino también para contemplar. Y por esto dice que ella imprimió en nuestros ánimos un natural deseo de saber las cosas secretas. Por donde muchos navegan y andan peregrinando por regiones muy apartadas por solo este interese de saber cosas escondidas. Diónos, dice él, la naturaleza un entendimiento curioso, y como ella conocía el artificio y hermosura de sus obras, quiso que fuésemos contempladores de ellas, pareciéndole que perdería el fruto de sus trabajos si cosas tan grandes, tan claras, tan subtilmente ordenadas, y tan resplandescientes, y por tantas vías hermosas, criara para la soledad. Y porque sepas que ella quiso ser  no solamente mirada, sino también contemplada, considera el lugar en que nos puso, que fue en medio del mundo, por donde nos dio vista para todas partes, para que de ahí pudiésemos ver las estrellas cuando nacen y cuando se ponen: y allende de esto púsonos la cabeza en lo más alto del cuerpo sobre un cuello flexible, para que pudiese volver el rostro a la parte que quisiese. Y de los doce signos del cielo, por donde anda el sol, nos descubrió los seis de día, y los otros seis de noche, para que con el gusto de estas cosas que se ven, nos encendiese la cobdicia de saber las que no se ven, para que por esta vía procediésemos de las cosas claras a las escuras, y así viniésemos a hallar una cosa más antigua que el mundo, de la cual salieron esas estrellas. De manera que nuestro pensamiento ha de romper los muros del cielo, y pasar adelante, y no contentarse con saber solamente lo que ve, sino también lo que no se ve. Pues como el hombre sabio entiende haber nacido para esto, no piensa que tiene sobrado el tiempo de la vida para este estudio, antes conoce que por avariento que sea de él, y ninguna parte se le pierda por negligencia, que es muy breve para alcanzar tan grandes cosas, y que la vida del hombre es muy mortal para el conocimiento de las cosas inmortales”


  Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 31-2-3 

jueves, 27 de julio de 2017

La puerta de los ojos

          Mucha razón tuvo David para exclamar y confesar tantas veces que era Dios admirable en todas sus obras (Sal 85, 10; 88, 6; 117, 23; 134, 14, etc.), por pequeñas que parezcan. Digo esto, porque salimos agora de una maravilla, y entramos en otra no menor, que es la fábrica de nuestros ojos. La cual confiesan los profesores de esta ciencia ser la cosa más artificiosa, más sutil y más admirable de cuantas el Criador formó en nuestros cuerpos: en la cual, así como en la pasada, no es menor el beneficio que la maravilla de la obra.
        Porque ¿qué cosa más triste que un hombre sin vista, pues el santo Tobías, que con tanta paciencia sufría la falta de ella, saludándole el ángel, y diciéndole que Dios le diese alegría, respondió: ¿Qué alegría puedo yo tener, viviendo en tinieblas y no viendo la lumbre del cielo? (Cf. Tb 5, 12).
        Pues habiendo ya tratado de las partes de nuestro cuerpo, que están escondidas dentro del velo de nuestra carne, agora será razón tratar de los sentidos y miembros exteriores de nuestro cuerpo, que están en la frontera de nuestra casa a vista de todos, y comenzaremos por el más excelente de los sentidos exteriores, que son los ojos, y así el artificio y fábrica de ellos sobrepuja a la de todos los otros miembros y sentidos.
        Y la primera cosa que nos debe poner admiración, son las especies y imágines de las cosas, que se requieren para verlas. Para lo cual es de saber que todas las cosas visibles, que son las que tienen color o luz, producen de sí en el aire sus imágines y figuras, que los filósofos llaman especies, las cuales representan muy al propio las mismas cosas cuyas imágines son. La razón de esto es porque, según reglas de filosofía, las causas que producen algún efecto, han de tocarse una a otra, o por su propia substancia, o por alguna virtud o influencia suya. Y pues aquí tratamos de este efecto, que es ver las cosas, y ellas están apartadas de nuestra vista, es necesario que se toquen y junten por algún tercero. Y para esto proveyó el Criador una cosa digna de admiración, la cual es que todas las cosas visibles produzcan en el aire estas imágines y especies que llegan a nuestros ojos, y representen las mismas cosas que han de ser vistas. Lo cual se ve en un espejo, el cual, recibiendo en sí estas especies y imágines y no pudiendo ellas pasar adelante por no ser este espejo transparente, paran allí, y represéntannos perfectísimamente todo cuanto tienen delante. Y así en ellos vemos montes, y valles, y campos, y árboles, y ejércitos enteros, con todo lo demás que tienen presente, y si mil espejos hubiere repartidos por todo el aire, en todos ellos se representara lo mismo. Y no sólo en el aire, mas también en el cielo ha lugar lo dicho, porque no podríamos ver las estrellas estando tan apartadas de nuestra vista, si ellas no imprimiesen sus especies y imágines en nuestros ojos, para que mediante ellas fuesen vistas. Pues ¿qué cosa más admirable que, viendo nosotros cómo un pintor gasta muchos días en acabar una imagen, que cada una de estas cosas visibles sea poderosa para producir sin pincel y sin tinta y sin espacio de tiempo tanta infinidad de imagines en todos los cuerpos transparentes, como son el aire y el cielo? ¿Quién no ve aquí la omnipotencia de quien tal virtud pudo dar a todas las cosas visibles para que se pudiesen ver?.
        Mas tratando del órgano de la vista, es de saber que de aquella parte delantera de nuestros sesos, donde dijimos que estaba el sentido común, nacen dos niervos, uno por un lado,  y otro por otro, por los cuales descienden hasta los ojos aquellos espíritus que llamamos animales, y éstos les dan virtud para ver, siendo primero ellos informados con aquellas especies y imágines de las cosas que dijimos. Mas de la fábrica de estos ojos se escriben cosas tan delicadas y admirables, que yo no las alcanzo, y menos las podré escribir. Mas la que me parece más admirable de todas es que con ser tantas y tan admirables las cosas que para esta fábrica de los ojos se requieren, fue poderoso aquel Artífice soberano para ponerlos en la cabeza de las hormigas. Pues ¿cuanto mayor maravilla es ésta, que haber puesto los ojos en la cabeza del hombre o de algún elefante?
        Mas con callar otras cosas más sutiles, no dejaré de decir que en la composición del ojo entran tres diferencias de humores, los cuales se dividen entre sí con tres telas delicadísimas. Y al primero de ellos llaman cristalino, por ser sólido y transparente como lo es el cristal. Y después de éste se sigue otro humor rojo, que es abrigo y término del cristalino, y tras de éste se sigue otro azul. Y este color sirve para que por virtud de él se recojan y fortifiquen en la pupila del ojo aquellas especies y imagines que dijimos, la cual se ofendería con la mucha claridad, como se ofende cuando miramos el sol.
        Pues por estos viriles de los humores susodichos, si así se pueden llamar, entran las especies y imágines de las cosas, y suben por los sobredichos niervos al sentido común que dijimos, de donde ellos nacen. De modo que por ellos bajan los espíritus animales que nos hacen ver, y por ellos mismos suben las imagines de las cosas a este ventrecillo del sentido común susodicho, y de ahí caminan a los otros interiores. Y según esto podemos decir que todo este mundo visible, cuan grande es, entra en nuestra ánima por esta puerta de los ojos. Y ésta es la causa, como Aristóteles dice (ARISTÓTELES, MetafísicaI I,1; Sobre el alma II, 7), de ser tan preciado este sentido, porque como el hombre, por ser criatura racional, naturalmente desea saber, y este sentido de la vista le descubre infinitas diferencias de cosas, de aquí le viene preciar mucho este sentido.

  
 Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 263-4-5


lunes, 24 de julio de 2017

Las cigüeñas

        En las cigüeñas nos representó el Criador una perfectísima imagen de piedad de padres para con sus hijos, y de hijos para con sus padres. Porque los padres, además de mantener sus hijos en el nido, como hacen las otras aves, usan de esta piedad con ellos, que cuando arde el sol de manera que podría ser dañoso a los hijuelos ternecicos, extienden ellos sus alas, en las cuales reciben los rayos del sol, y hácenles con esto sombra, siendo para sí crueles, por ser para los hijos piadosos. En lo cual nos representan aquellas piadosas entrañas y amor del Padre Eterno para con sus espirituales hijos, a quien el psalmista atribuye esta misma piedad, diciendo que con sus espaldas les hará sombra, y recogerá y guardará debajo de sus alas (Sal 90, 4). Y no menos representan la grandeza de la caridad del Hijo de Dios, el cual recibió en sus sacratísimas espaldas los azotes que nuestras culpas merecían, pagando, como él dijo, lo que no debía ( Cf. Is 48, 4). Pues esta caridad que tienen las cigüeñas para con sus hijos cuando son chiquitos, tienen los hijos para con sus padres cuando son viejos  y inhábiles para buscar de comer. Porque pagan en la misma moneda el beneficio que recibieron, manteniendo sus viejos padres en el nido con todo cuidado. Y cuando es necesario mudarse para otra parte, los buenos y agradecidos hijos, extendiendo sus alas, toman a los viejos encima, y múdanlos para el lugar donde han de morar. En lo cual también nos representan la caridad y misericordia de aquel soberano Padre para con sus hijos, de quien el profeta dice que así como águila extendió sus alas, y los trajo sobre sus hombros (Dt 32, 11).

Mucha razón tuvo David para exclamar y confesar tantas veces que era Dios admirable en todas sus obras (Sal 85, 10; 88, 6; 117, 23; 134, 14, etc.), por pequeñas que parezcan. Digo esto, porque salimos agora de una maravilla, y entramos en otra no menor, que es la fábrica de nuestros ojos. La cual confiesan los profesores de esta ciencia ser la cosa más artificiosa, más sutil y más admirable de cuantas el Criador formó en nuestros cuerpos: en la cual, así como en la pasada, no es menor el beneficio que la maravilla de la obra.
        Porque ¿qué cosa más triste que un hombre sin vista, pues el santo Tobías, que con tanta paciencia sufría la falta de ella, saludándole el ángel, y diciéndole que Dios le diese alegría, respondió: ¿Qué alegría puedo yo tener, viviendo en tinieblas y no viendo la lumbre del cielo? (Cf. Tb 5, 12).
        Pues habiendo ya tratado de las partes de nuestro cuerpo, que están escondidas dentro del velo de nuestra carne, agora será razón tratar de los sentidos y miembros exteriores de nuestro cuerpo, que están en la frontera de nuestra casa a vista de todos, y comenzaremos por el más excelente de los sentidos exteriores, que son los ojos, y así el artificio y fábrica de ellos sobrepuja a la de todos los otros miembros y sentidos.
        Y la primera cosa que nos debe poner admiración, son las especies y imágines de las cosas, que se requieren para verlas. Para lo cual es de saber que todas las cosas visibles, que son las que tienen color o luz, producen de sí en el aire sus imágines y figuras, que los filósofos llaman especies, las cuales representan muy al propio las mismas cosas cuyas imágines son. La razón de esto es porque, según reglas de filosofía, las causas que producen algún efecto, han de tocarse una a otra, o por su propia substancia, o por alguna virtud o influencia suya. Y pues aquí tratamos de este efecto, que es ver las cosas, y ellas están apartadas de nuestra vista, es necesario que se toquen y junten por algún tercero. Y para esto proveyó el Criador una cosa digna de admiración, la cual es que todas las cosas visibles produzcan en el aire estas imágines y especies que llegan a nuestros ojos, y representen las mismas cosas que han de ser vistas. Lo cual se ve en un espejo, el cual, recibiendo en sí estas especies y imágines y no pudiendo ellas pasar adelante por no ser este espejo transparente, paran allí, y represéntannos perfectísimamente todo cuanto tienen delante. Y así en ellos vemos montes, y valles, y campos, y árboles, y ejércitos enteros, con todo lo demás que tienen presente, y si mil espejos hubiere repartidos por todo el aire, en todos ellos se representara lo mismo. Y no sólo en el aire, mas también en el cielo ha lugar lo dicho, porque no podríamos ver las estrellas estando tan apartadas de nuestra vista, si ellas no imprimiesen sus especies y imágines en nuestros ojos, para que mediante ellas fuesen vistas. Pues ¿qué cosa más admirable que, viendo nosotros cómo un pintor gasta muchos días en acabar una imagen, que cada una de estas cosas visibles sea poderosa para producir sin pincel y sin tinta y sin espacio de tiempo tanta infinidad de imagines en todos los cuerpos transparentes, como son el aire y el cielo? ¿Quién no ve aquí la omnipotencia de quien tal virtud pudo dar a todas las cosas visibles para que se pudiesen ver?.
        Mas tratando del órgano de la vista, es de saber que de aquella parte delantera de nuestros sesos, donde dijimos que estaba el sentido común, nacen dos niervos, uno por un lado,  y otro por otro, por los cuales descienden hasta los ojos aquellos espíritus que llamamos animales, y éstos les dan virtud para ver, siendo primero ellos informados con aquellas especies y imágines de las cosas que dijimos. Mas de la fábrica de estos ojos se escriben cosas tan delicadas y admirables, que yo no las alcanzo, y menos las podré escribir. Mas la que me parece más admirable de todas es que con ser tantas y tan admirables las cosas que para esta fábrica de los ojos se requieren, fue poderoso aquel Artífice soberano para ponerlos en la cabeza de las hormigas. Pues ¿cuanto mayor maravilla es ésta, que haber puesto los ojos en la cabeza del hombre o de algún elefante?
        Mas con callar otras cosas más sutiles, no dejaré de decir que en la composición del ojo entran tres diferencias de humores, los cuales se dividen entre sí con tres telas delicadísimas. Y al primero de ellos llaman cristalino, por ser sólido y transparente como lo es el cristal. Y después de éste se sigue otro humor rojo, que es abrigo y término del cristalino, y tras de éste se sigue otro azul. Y este color sirve para que por virtud de él se recojan y fortifiquen en la pupila del ojo aquellas especies y imagines que dijimos, la cual se ofendería con la mucha claridad, como se ofende cuando miramos el sol.
        Pues por estos viriles de los humores susodichos, si así se pueden llamar, entran las especies y imágines de las cosas, y suben por los sobredichos niervos al sentido común que dijimos, de donde ellos nacen. De modo que por ellos bajan los espíritus animales que nos hacen ver, y por ellos mismos suben las imagines de las cosas a este ventrecillo del sentido común susodicho, y de ahí caminan a los otros interiores. Y según esto podemos decir que todo este mundo visible, cuan grande es, entra en nuestra ánima por esta puerta de los ojos. Y ésta es la causa, como Aristóteles dice (ARISTÓTELES, MetafísicaI I,1; Sobre el alma II, 7), de ser tan preciado este sentido, porque como el hombre, por ser criatura racional, naturalmente desea saber, y este sentido de la vista le descubre infinitas diferencias de cosas, de aquí le viene preciar mucho este sentido.

   p. 263-4-5

Del elemento del agua

        Del elemento del aire bajamos al del agua, que es su vecina, la cual al principio de la creación cubría toda la tierra, como el elemento del aire a esta misma agua. Mas porque de esta manera no se podía habitar la tierra, el Criador, que todo este mundo criaba para servicio del hombre, así como al hombre para sí, mandó que se juntasen todas las aguas en un lugar, que fue el mar Océano, y que se descubriese la tierra para nuestra habitación; y así se hizo, sacando el agua de su natural lugar, que era estar sobre la tierra, y recogiéndola en otro.
        En este elemento hay muchas cosas que considerar, las cuales predican las alabanzas del que lo crió, conviene saber, su grandeza, su fecundidad, sus senos, sus playas, sus puertos, sus crecientes y menguantes, y finalmente los grandes provechos que nos vienen de él. Por su grandeza y fecundidad alaba Dios el salmista diciendo: Este mar grande y espacioso, donde hay tantas diferencias de pesces que no tienen cuento, y animales así pequeños como grandes (Sal 103, 25)

 Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 91

martes, 18 de julio de 2017

El Nuevo Mundo

        Pues comencemos agora a filosofar sobre esto. Y extendamos agora los ojos por todo el universo mundo, que es por las tres principales partes de él, que son Asia, Africa y Europa, y en la cuarta que agora se ha descubierto en las Indias Occidentales, que llaman Nuevo Mundo, y corramos por todas las islas del archipiélago y por todas las del mar Océano, y por todas las tierras de bárbaros y negros que habitan debajo de la tórrida zona, y finalmente por todo lo que rodea el sol…


 Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996,  p. 340

El azucena

       Porque ¿qué otro artífice fuera bastante para criar tanta variedad de cosas tan hermosas? Poned los ojos en el azucena, y mirad cuanta sea la blancura de esta flor, y de la manera que el pie de ella sube a lo alto acompañado con sus hojicas pequeñas, y después viene a hacer en lo alto una forma de copa, y dentro tiene unos  granos como de oro, de tal manera cercados que de nadie puedan recibir daño. Si alguno cogiere esta flor, y le quitare las hojas, ¡qué mano de oficial podrá hacer otra que iguale con ella, pues el mismo Criador las alabó, cuando dijo que ni Salomón en toda su gloria se vistió tan ricamente como una de estas flores? (Mt 6, 29).



Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 110

domingo, 16 de julio de 2017

La piña

        Pero aún se descubre esta providencia en la guarda de otros frutos que están en mayor peligro, cuales son los de los árboles muy altos y ventosos, de los cuales algunos nacen en la cumbre de los montes, como son los pinos, cuya fruta no se lograría, si el Criador no le pusiera una tan fiel guarda como es la piña, donde con tan maravilloso artificio está el fruto en sus casicas abovedadas tan bien aposentado y guardado, que toda la furia de los vientos no basta para derribarlo.


Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 110

viernes, 14 de julio de 2017

A Don Gaspar de Quiroga

       AL ILUSTRÍSIMO Y REVERENDÍSIMO SEÑOR DON GASPAR DE QUIROGA,  ARZOBISPO DE TOLEDO, PRIMADO DE LAS ESPAÑAS,  CHANCILLER MAYOR, INQUISIDOR GENERAL Y DEL CONSEJO DEL ESTADO DE SU MAJESTAD, ETC.

         Y por servir esta doctrina a la declaración y confirmación de los principales artículos y misterios de nuestra santa fe, de derecho se debía a la persona de V. S. Ilustrísima, aunque otra particular razón no hubiera, pues está a su cargo por dispensación divina el amparo y defensión de la fe, con el cual esperamos que nuestro Señor la conservará en la sinceridad y pureza que hasta agora ha perseverado. Porque los méritos y virtudes que sublimaron a V. S. al más alto título y dignidad de estos reinos de España, ésos mismos obrarán  que mediante el celo de su religiosa providencia, la columna de la fe persevere siempre en su firmeza. Por lo cual debe siempre dar gracias al que le escogió para este tan grande ministerio.


Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 12 

Breve de Gregorio XIII

        Dilecte fili, salutem et apostolicam benedictionem. Diuturnus atque assiduus labor tuus in hominibus tum a vitiis deterrendis, tum ad vitae perfecionem vocandis, fuit semper nobis gratissimus: iis vero ipsis, qui suae caeterorumque salutis et Dei gloriae desiderio tenentur, fructuosissimus, iucundissimusque.

Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 13-14


        Amado hijo, salud y bendición apostólica. Siempre nos fue muy acepto vuestro largo y continuo trabajar en apartar a los hombres de los vicios, y traerlos a la perfición de la vida, y de mucho fruto y contento para aquellos que tienen deseo de su propia salvación y de la de los demás.

jueves, 13 de julio de 2017

La divina Providencia

        Mas el mismo filósofo en el Compendio de la filosofía que escribió a Alexandre, aunque algunos dudan ser este libro suyo, hablan más claro de la Providencia, donde refiere una cosa memorable. Porque cuenta él que una vez rebosó el monte Etna una tan gran bocanada de fuego, que se extendió por todos los campos y tierras comarcanas: y huyendo todos los mozos a gran priesa, como los viejos no pudiesen huir, hubo algunos hijos tan leales a sus padres, que tomándolos sobre sus hombros, huían con ellos. Mas no pudiendo darse tanta priesa por la carga que llevaban, finalmente los hubo de alcanzar la apresurada llama. Entonces Dios agradándose de aquella fe y lealtad de los buenos hijos para con sus viejos padres, hizo que se dividiese y apartase la llama en dos partes, para que diese lugar y paso seguro a los virtuosos mancebos con sus padres.

        Esta historia refiere Aristóteles en el sobredicho libro, en la cual no sólo confiesa la divina Providencia, sino también los milagros que sobrepujan toda la facultad de naturaleza.


Fray Luis de Granada, Obras Completas, t. IX, F.U.E. Madrid 1996, p. 306